
La sinestesia es una condición estudiada por la ciencia que genera conexiones inusuales entre distintas áreas sensoriales del cerebro. En diálogo con Nota al Pie, Héctor Maduri profundizó sobre sus características y explicó cómo influye en la vida cotidiana de quienes la experimentan.
Este fenómeno neurológico consiste en que la estimulación de un sentido provoca, de manera automática e involuntaria, una percepción en otro. Esto sucede porque determinadas regiones del cerebro encargadas de procesar los distintos estímulos sensoriales presentan conexiones cruzadas que dan lugar a experiencias poco habituales. Así, una persona puede asociar un sonido con un color, percibir el aroma de una imagen o incluso sentir el sabor de una palabra al escucharla o leerla.
Las manifestaciones de esta condición son diversas. Algunas personas experimentan sinestesia auditivo-visual y observan colores o formas cuando escuchan música. Otras presentan sinestesia visual-olfativa, por la que un color despierta la percepción de un olor determinado.
En relación a lo mencionado, también existen casos en los que una textura genera una emoción específica o un aroma desencadena inmediatamente la sensación de un sabor. Estas asociaciones no son imaginarias ni voluntarias, sino que forman parte de la manera en que el cerebro procesa la información.
En ese sentido, además de ofrecer una forma diferente de experimentar la realidad, la sinestesia también despertó el interés de la comunidad científica por sus posibles beneficios cognitivos, en el cual, diversos estudios sugieren que quienes la presentan pueden desarrollar una memoria más sólida, una mayor capacidad para establecer asociaciones creativas y un procesamiento más eficiente de conceptos complejos.
Celebridades que conviven con la sinestesia
Figuras como Lady Gaga, Billie Eilish, Pharrell Williams, Miguel Bosé y Stevie Wonder reconocieron experimentar este fenómeno, mientras que distintos investigadores sostienen que Vincent van Gogh también pudo haber sido sinestésico a partir de los testimonios que dejó en su correspondencia.
Para Maduri, vivir con sinestesia está lejos de ser un don. Explicó que su cerebro nunca deja de procesar estímulos y que esa sobrecarga sensorial forma parte de su rutina diaria. «Para algunos dicen que es un don, para mí es realmente revolucionario y muy complejo vivir así. El mapeo general es cotidiano, es todo el día», aseguró.
Incluso contó que durante las noches escucha los sonidos de su propio cuerpo y los visualiza, una situación que muchas veces necesita regular mediante la música o la luz: «Sí, realmente es muy complicado, pero así viví toda mi vida, para mí ahora es normal, pero estar en mi cabeza es una revolución».
Esa forma de percibir el mundo también tiene un costo emocional ya que Maduri reconoció que una de las mayores dificultades es recibir información que no puede intervenir ni modificar.
«La frustración mía es no poder intervenir directamente hacia ninguna persona, ningún organismo, ningún objeto que veo y lo percibo, sino que agachar la cabeza». En ese sentido, sostuvo que la sinestesia podría aportar una mirada distinta sobre las relaciones humanas, aunque aclaró que ese conocimiento debe desarrollarse desde la ciencia.
«La sinestesia puede cambiar la perspectiva del pensamiento humano… Hay un mundo mejor, hay un mundo donde podría ser más equitativo, donde el ser humano podría escuchar al otro ser humano», afirmó.
Una de las características que más llama la atención de su experiencia ocurre cuando interactúa con otras personas. Según explicó, las voces adquieren colores, sabores y texturas que le permiten interpretar determinadas emociones.
«Cuando alguien me habla, la información, desde su boca, sale un color, un sabor, una textura, y eso lo visualizo literalmente como destellos». En cambio, cuando percibe una mentira, la sensación cambia por completo: «Si alguien me miente, la voz que yo escucho que parece normal, para mí es distorsionada, se le traba, aparecen colores como el gris, el celeste y el azul». Esa percepción, dijo, incluso le provoca un fuerte malestar físico y emocional.
El único sinestésico reconocido por la Ley
Durante muchos años eligió guardar silencio por miedo a ser incomprendido: «El costo social es que muchas veces me digan ‘¡Estás loco, es loquito!’. Es muy frustrante». También recordó que aprendió a ocultar parte de sus percepciones para intentar llevar una vida «normal». Sin embargo, la sanción de la Ley 6742 modificó esa realidad y le dio un nuevo sentido a su historia. «Ahora al tener la ley me siento con la responsabilidad y me siento todavía un bicho raro», aseveró.
Esa responsabilidad fue justamente el motor que lo impulsó a hacer pública su experiencia. En ese aspecto, Maduri explicó que el paso del tiempo lo llevó a preguntarse qué legado quería dejar: «El cansancio, el agotamiento, el decir, bueno, a ver, ¿Cuánto tiempo biológicamente me puede quedar? Algo tengo que tratar de demostrar».
De este modo, concluyó que su objetivo es contribuir al conocimiento de una condición que, considera, todavía permanece invisibilizada: «Lo que tiene la sinestesia, la que tengo yo que es la proyectiva, es que podemos cambiar la perspectiva de la condición humana, ver al otro como un humano».

