Nov 21, 2022 | Cultura

La religión y la ciencia chocan en el drama de época El Prodigio

Florence Pugh ofrece un tour de force de actuación en esta historia del cineasta chileno Sebastián Lelio, que tiene la investigación de un milagro poco probable en su centro.
El Prodigio
Kíla Lord Cassidy como Anna O’Donnell, Tom Burke como Will Byrne y Florence Pugh como Lib Wright en El Prodigio. Crédito: Aidan Monaghan, Netflix.

Con El Prodigio, la nueva película de Netflix, la guionista Alice Birch (Lady Macbeth, 2016) y el cineasta chileno Sebastián Lelio continúan su racha de películas sobre mujeres fuertes que enfrentan obstáculos sociales. Esta vez, con una pieza de época basada en la novela homónima de Emma Donoghue en la cual la ciencia se enfrenta a creencias religiosas.

La cinta toma una pregunta simple: ¿es alguien quien dice ser?, y la impregna de espinas espirituales que logran resonar a través de toda su narrativa. El director, ganador de un premio de la Academia, enmarca este bucólico drama irlandés a través de la lente de los conflictos tanto oportunos como atemporales, mientras un posible milagro pasa bajo el microscopio. Lo que comienza como una búsqueda de una respuesta simple se enturbia cuando cae en las manos del fanatismo. 

El Prodigio
Toby Jones como el Dr. McBrearty, Dermot Crowley como Sir Otway, Ciarán Hinds como el Padre Thaddeus. Crédito: Aidan Monaghan, Netflix.

Una película sobre el ayuno después de la Gran Hambruna irlandesa

1862. La enfermera inglesa Lib (Florence Pugh) viaja a Irlanda en un momento en que se culpa a su país por La Gran Hambruna. En un pequeño pueblo, tiene la tarea de observar a Anna O’Donnell (Kíla Lord Cassidy), una niña de 11 años cuya aparente capacidad para pasar semanas sin comer la convierte en un milagro moderno. Anna insiste en que está subsistiendo con “maná del cielo”, pero Lib debe conseguir una explicación más real.

A medida que Lib se integra más profundamente en el clan O’Donnell. Junto a Anna desarrolla un sentido de comprensión mutua que complica su tarea de solo observar e informar. Si bien puede no aprobar las acciones de aquella, Lib no puede evitar simpatizar con su difícil situación. La lucha por apegarse a su asignación plantea la pregunta de a quién debe cuidar y cómo.

Aunque muy diferentes en su tolerancia a la sinceridad y la ironía, la premisa de El Prodigio recuerda a Silence (Martin Scorsese, 2016). Ambas películas se centran en las extrañas reacciones de una figura empujada a una tierra extranjera y obligada a investigar un fenómeno espiritual, sólo para descubrir que sus propias brújulas morales se han revuelto en el proceso. 

Florence Pugh encarna a la perfección los conflictos de su personaje, tanto emocional como físicamente, mientras trata de navegar por su sentido del deber contradictorio hacia sí misma y hacia su misión. 

El Prodigio invita a creer en las historias

“No somos nada sin historias, por eso te invitamos a creer en esta”. Desde las primeras palabras, El Prodigio instala la tensión que burbujea entre la fe y los hechos en torno al acto mismo de contar historias.

Un comienzo que rompe la cuarta pared a través de un meta monólogo que informa a la audiencia que lo que está a punto de ver es una historia ficticia. La cámara se desplaza a través de escenarios en desuso en un estudio de cine, de una manera que recuerda Dogville (Lars Von Trie, 2003). 

Esta tampoco es una comparación basada puramente en la estética. A medida que se retrocede a la Irlanda del siglo XIX y la historia comienza, lo que se desarrolla es otra narración de opresión femenina en nombre de una sociedad atrasada que se niega a cambiar. Una que puede ser menos abrasiva que la obra de Trier, pero no menos oscura. 

Este comienzo establece una reflexión sombría. Los personajes se aferran a la esperanza dondequiera que puedan encontrarla. Anna representa el adoctrinamiento de que un poder superior guía con autoridad omnisciente. El dolor y el sufrimiento en el mundo mortal serán aliviados en el más allá, a menos que se sea juzgade como une pecadore y luego quemade en la condenación eterna. Las motivaciones de la niña se entienden y se ponen al descubierto en un potente clímax.

Lib tiene una crisis existencial. La incapacidad de hacer frente a su propia pérdida se yuxtapone a la condición en espiral de Anna. ¿Dejará morir a una niña inocente para defender la moralidad defectuosa de los demás? Anna preferiría consumirse que negar los deseos de su familia. Estas escenas exploran las profundidades de la fuerza de voluntad humana y la capacidad de heroísmo en las situaciones más terribles.

El dispositivo de encuadre utilizado para la película de Lelio es tanto su trazo más ingenioso como su mayor debilidad. Una desviación significativa del material de origen ayuda a subrayar aún más la tesis central, fijando la naturaleza ficticia de la película junto con su narrativa central: la búsqueda de una enfermera para encontrar la verdad en un lugar donde todos han elegido la comodidad de la fantasía sobre la lógica. 

El Prodigio
Florence Pugh como Lib Wright, Josie Walker como la Hemana Michael. Crédito: Aidan Monaghan, Netflix.

Una exposición de la “posverdad”

La historia de la cinta tiene sus raíces en el fenómeno de las niñas ayunadoras de la era victoriana, quienes llegaron a ser vistas como santas religiosas a pesar de su sufrimiento. Sin embargo, la película de Lelio es más rica cuando se analiza como una historia contemporánea sobre los conflictos entre la ciencia y la fe.

Los ciclos de fanatismo se han seguido repitiendo a lo largo de la historia, aunque sus causas centrales hayan cambiado. El Prodigio, estrenada en tiempos en los que el mundo abraza la “posverdad”, podría interpretarse como una metáfora de varias guerras culturales, en las que las voces más apasionadas son siempre las que argumentan contra la lógica y la razón.

La inmersión de Lib está diseñada para reflejar la de la audiencia. Demuestra ser sorprendentemente efectiva para suspender toda incredulidad para contemplar el milagro frente a sus ojos. Tanto Lelio como Donoghue han hablado sobre cómo la película se siente más relevante en un mundo devastado por la pandemia. Las fuerzas de la ciencia han tenido que lidiar con la teoría de la conspiración, algo que solo se destaca aún más con estos destellos momentáneos del drama, de regreso al mundo moderno. 

Lelio y las mujeres fuertes

El guionista y director Sebastián Lelio siempre ha tenido una predilección por las mujeres fuertes en sus películas. Eligió a Julianne Moore en Gloria Bell de 2018, en sí misma una nueva versión de su original en español de 2013, Gloria

Con Una mujer fantástica de 2017, protagonizada por la actriz transgénero Daniela Vega se llevó el Oscar a la Mejor Película Extranjera. El mismo año dirigió Disobedience, con Rachel McAdams y Rachel Weisz como dos mujeres de una comunidad judía ortodoxa que desarrollan una relación sentimental.

A través de la filmografía del director, resalta que sus personajes principales son mujeres que enfrentan los mandatos de la sociedad, los confrontan, pagan el precio por no encajar o por seguir su propio camino. Por lo tanto, no debería sorprender que su más reciente trabajo, presente la fuerza de actuación que es Florence Pugh. 

Lelio tuvo todos los elementos para lograr un convincente estudio de personajes y drama moral. La combinación de Pugh actuando como una tormenta, la directora de fotografía Ari Wegner (The Power of the Dog, Jane Campion, 2021), brindando imágenes desconcertantes detrás de la cámara y el compositor Matthew Herbert marcando un paisaje sonoro escalofriante.

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