Jul 5, 2021 | Sociedad

La huelga de las escobas: mujeres unidas frente a la suba de alquileres

A principios del siglo 20, las inquilinas de los conventillos y sus hijes se enfrentaron a los aumentos de los alquileres en Argentina.

Huelga de las escobas
Dado que los hombres no podían sostener la protesta porque debían concurrir a sus trabajos para no perder el empleo, fueron sus mujeres e hijes quienes se pusieron al frente del reclamo. Crédito: Buenos Aires Historia

En la Argentina de 1907 los magros sueldos de la clase obrera no lograban alcanzar el costo de vida que aumentaba día tras día. En ese contexto asfixiante, la Municipalidad de Buenos Aires decretó aumentar los impuestos, y les propietaries de los conventillos no dudaron en trasladar dichos incrementos a los alquileres. 

La rabia de les inquilines no tardó en hacerse oír: rápidamente se organizaron en comités y declararon una huelga. Sin embargo, algo inédito para la época se estaba gestando. 

Dado que los hombres no podían sostener la protesta porque debían concurrir a sus trabajos para no perder el empleo, fueron sus mujeres e hijes quienes tomaron la posta y se pusieron al frente del reclamo. 

Las inquilinas sacaban a escobazos a los abogades, jueces, escribanes, policías y bomberos que pretendían desalojar a las familias de sus hogares. Fue así como las escobas se convirtieron en el emblema de la lucha por “barrer a los caseros y la injusticia”. 

Un poco de historia

Tras la gran epidemia de la fiebre amarilla de 1871, las familias ricas de Buenos Aires abandonaron la zona Sur de la ciudad y se mudaron al Barrio Norte. Esto permitió que algunos comerciantes adquirieran las casonas patricias y las reacondicionaran para alojar al enorme número de migrantes que se trasladaban del campo a la ciudad en busca de mejores oportunidades laborales. 

Por aquel entonces, en la ciudad había más de 950 mil habitantes, de los cuales 138.200 vivían en 2462 conventillos. Esto quiere decir que cada caserón albergaba a cerca de 60 personas. La amplia mayoría de les inquilines de conventillos eran inmigrantes. 

Los integrantes de una familia vivían, dormían, cocinaban y comían en la misma habitación de 16 o 20 metros cuadrados –el equivalente a un pequeño monoambiente moderno–. Las condiciones de hacinamiento eran brutales y las enfermedades que circulaban no eran combatidas de forma efectiva por las autoridades. 

El alquiler promedio costaba alrededor de 20 pesos, una parte importante del salario obrero de aquel entonces. Debido a los aumentos indiscriminados de productos de la canasta básica, como el pan y la carne, la clase trabajadora vivía tiempos difíciles. Muches inquilines tenían la “garantía” de que sus caseros no los desalojarían, pero el aumento de impuestos y su traslado directo al valor de los alquileres se contradecía con esa promesa. 

Desalojo en un conventillo. Crédito: El Tribuno de Salta

La unión hace la fuerza

En agosto de 1907 les inquilines de los conventillos se unieron y formaron comités de lucha frente al aumento de los alquileres. La huelga implicaba no pagar la renta y fue protagonizada mayormente por las mujeres de la clase obrera y sus hijes, quienes resistían los desalojos a escobazos y montando guardia día y noche. 

Con las mujeres al frente, la “rebelión de las escobas” sentó un precedente en la lucha por los derechos de les trabajadores.

El conflicto estalló en el conventillo “Cuatro Diques”, situado en la calle Ituzaingó 255-279 y en el que vivían 132 familias, distribuidas en habitaciones repartidas en los cuatro patios de la propiedad. Les vecines reclamaban que no les aumentasen el alquiler, sino que lo rebajaran un 30%. 

Al principio, las autoridades gubernamentales y los caseros no se tomaron el conflicto en serio, pero pronto se sumaron más de 500 conventillos de otras ciudades del interior del país, como Rosario, Bahía Blanca, La Plata y Mar del Plata, y del conurbano sur (Lanús, Avellaneda y Lomas de Zamora).

Una “guerra” desigual

Además de rebajas en los alquileres, las y los huelguistas exigían mejorar las condiciones higiénicas de sus habitaciones. También, que no desalojaran a quienes hubiesen participado de la protesta, ya que conseguir otra vivienda era muy difícil por entonces. No obstante, los pedidos de desalojo se iban acumulando en la justicia a la par que el reclamo de les inquilines ganaba más fuerza. Los desalojos y la represión policial no se hicieron esperar. 

El coronel Ramón L. Falcón, entonces jefe de la Policía, estuvo a cargo de los operativos y contó con la ayuda del cuerpo de bomberos, quienes corrieron a les inquilines a chorros de agua helada en las crudas madrugadas invernales.

La huelga duró más de tres meses y tuvo un final abrupto cuando el 22 de octubre de 1907, durante un violento desalojo en la calle San Juan 677, la policía asesinó de un balazo en la cabeza a Miguel Pepe, un joven militante anarquista de tan solo 15 años. 

“Miguelito” era baulero de profesión y se había destacado como orador en los comités de vecines. Su funeral fue multitudinario y se convirtió en la última manifestación masiva de la huelga. En su tumba se colocó una placa que leía: «Víctima de la Huelga de Inquilinos, asesinado por la policía».

Tras la tragedia, les huelguistas lograron parcialmente sus objetivos: consiguieron la rebaja de los alquileres y que se mejoren –mínimamente– sus condiciones de vida. Por su parte, los propietarios replantearon las condiciones de renta para que en el futuro nadie volviera a correrlos a escobazos.

La “huelga de las escobas” fue tomada como ejemplo y replicada en varias capitales del mundo. Fue un llamado de atención sobre las pésimas condiciones de vida de la mayoría de la población, de las cuales se hicieron eco los principales diarios.

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