
La repetición nunca es un plomo cuando se trata de Messi. El ojo no se cansa de la belleza, del impulso, del andar de a ratos cansino de un pibe de casi 39 años, que de a ratos parece apenas estar jugando a la pelota.
Las estadísticas son un detalle en esta historia que lleva más de 20 años del nene que se fue de Rosario a los 13 años y lleva la celeste y blanca tatuada en la piel, más allá de los clubes que le dieron fama, que lo hicieron millonario y famoso.
Nadie va a reparar en los vericuetos de los números, mientras la emoción corre en loop por las calles, los celulares, las pantallas.
Messi es un abrazo compartido, un código que no precisa traducción. Un estado de ánimo.
A Messi, a esta altura, cuesta encontrarle definición y la palabra se escapa, escurridiza, como él de los rivales. Entonces, solo habrá que imitarlo.
Hacerla simple, levantar la vista, encarar y definir con categoría y eficacia. Decir Messi es hacerle un gol al idioma.

40 años después, Diego y Messi
El domingo 22 de junio de 1986 el Estadio Azteca en México, otra vez sede de un Mundial en este 2026, fue el escenario de los 11 segundos en que cambió el mundo.
¿Hace falta una aclaración? ¿O alcanza con decir: el Gol de Diego a los ingleses?
No decimos el de la mano, porque eso lo habrán resuelto en el Cielo, el propio Maradona con Dios. Ese, técnicamente, no debiera ser considerado un gol. En todo caso, habrá sido materia de otros libros, no del fútbol.
Pero en la Tierra, nuestro paraíso (algo complicado, por cierto, ¿habrá que rezarle a Diego-Dios?), se generó ese día el milagro. La corrida al arco, con un país empujando, a 4 años de Malvinas. Porque un gol no es solamente una pelota entrando al arco. Un gol, cuando alcanza ese status, es un símbolo, una hoja de un pacto de la pasión popular. Un canto colectivo.
Fue esa jugada en la que el Negro Héctor Enrique dijo haberle “dado el pase del gol”, atrás de la mitad de la cancha, para que Diego desparrame ingleses. Esa grabación (gracias YouTube por existir), con la banda de sonido de la voz de Víctor Hugo, es una secuencia que todavía nos hace felices.
Este 22 de junio cayó lunes y por un par de horas nos olvidamos de las malarias, de los rayos de los Lucifer de la Tierra (¿acaso habrá que contactar al del Infierno, para pedirle que afloje?). Este lunes, a dos días que Lionel Andrés Messi cumpla 39 años, la magia volvió hecha pelota.
Como el martes 16 frente a Argelia.
Como el domingo 18 de diciembre de 2022 en Qatar, en la final frente a Francia.
Y así, podemos seguir al infinito del pasado de más de 20 años, donde en el camino fuimos perdiendo la capacidad de llamarlo a Messi, con otras palabras, que no fueran esas 5 letras que salen de memoria cuando queremos encontrar la felicidad por un rato.
En “Todo mientras Diego”, el maravilloso libro de cuentos de fútbol, Ariel Scher cuenta que “cuando era chico y me llevaban a la cancha, el momento más feliz de todos los momentos felices no tenía que ver con goles, ni con jugadores, ni con jugadas estupendas que se me guardarán para siempre en la memoria. No. Todo eso, si venía venía después. El momento más feliz llegaba cuando, después de subir cien escalones de cemento y de torcer unos cuantos recodos, a través de una arcada, uno veía por fin un rectángulo de pasto completamente verde. Verde y brillante. Refulgente a la luz del sol o de los reflectores. Esa era mi primera felicidad. Las otras felicidades venían después. Se edificaban sobre esa belleza primera del pasto más verde y más brillante del mundo. Desde entonces me gustaba asomarme a las cosas y a las personas desde su periferia. Tiendo a creer que está bueno acercarse escalón por escalón, para que las sensaciones nos ganen de a poco”.
Los libros de Messi ya están adentro de cada uno que se anime a escribirlos. Lo que va a costar es no resultar pesado con los adjetivos, pero dan ganas de imitarlo a Víctor Hugo y volver a preguntar “¿de qué planeta viniste, Messi?”.

