
“Bifurcaciones”, es una propuesta dramática atravesada por elementos poéticos y musicales que invita al espectador a preguntarse: ¿Qué pasaría si pudiera volver atrás y cambiar la decisión que marcó su vida? Escrita y dirigida por Pablo Javier Roig, llega al Teatro El Jufré (Jufré 444, CABA).
El estreno se realizará el sábado 6 de junio a las 20, y las entradas están disponibles por Alternativa Teatral.
La historia sigue a Manuel, un publicista en crisis que queda atrapado en un bucle de recuerdos donde revive el momento que lo quebró. Entre el amor, la fe y los vínculos que dejaron huella, intentará reescribir su historia mientras descubre que quizás el destino no esté hecho para cambiarse, sino para comprenderse.
Con música original en vivo, la puesta en escena está interpretada por Luli Bonzo, construye un universo sensible donde los recuerdos, las emociones y el paso del tiempo conviven en escena. “Bifurcaciones,” habla de esas pequeñas decisiones que terminan cambiándolo todo, de los caminos que no tomamos.
El espectáculo está protagonizado por: Luli Bonzo, Pablo Javier Roig, Agostina Otranto y Gigi Quevedo. Forma parte del recorrido creativo de Multiverso PJR Producciones, compañía fundada por Roig, quien cuenta con más de 16 años de trayectoria en el teatro independiente. La asistencia de dirección de Lucila Rascón; producción audiovisual, Delfina Ibáñez; producción ejecutiva, Emiliano Cicchetti.
Una charla con el artífice de “Bifurcaciones”
Nota al Pie dialogó con Pablo Roig, actor, autor, director y productor teatral argentino, fundador de Multiverso PJR Producciones. Con más de 15 años de trayectoria en el teatro independiente, ha desarrollado una identidad artística donde la comedia, el absurdo y la reflexión sobre los vínculos humanos conviven con una mirada sensible y existencial.
Como autor y director, creó obras como “Atormentadas”, “Mano a mano con Dios”, entre otras. Sus textos suelen abordar las decisiones que transforman la vida, el amor, la fe, la soledad y las contradicciones humanas, combinando humor, emoción y pensamiento contemporáneo.
Roig, se formó en actuación con Melina y Jorge Dorio, y con Marcelo Cosentino, entre otros profesionales. En dramaturgia, estudió con Andrés Binetti y Alejandro Lifschitz.

-En “Bifurcaciones”, ¿fue una decisión personal tuya que te inspiró a escribir el guion?
Sí, todos tenemos decisiones que nos hacen preguntarnos: “¿Qué habría pasado si elegía distinto?”. En mi caso, una de las que más aparece es haber dejado la abogacía para dedicarme al teatro. A veces pienso que, si hubiese seguido ese camino, hoy sería una persona totalmente distinta. Después están esas pequeñas decisiones cotidianas que parecen mínimas, pero terminan cambiándote vínculos, tiempos, formas de ver la vida. Todos convivimos un poco con esa sensación de que podríamos haber tomado otro camino.
Incluso aparece la pregunta de si realmente elegimos o si, de alguna manera, ciertas cosas tenían que pasar así. Pero al final, más que obsesionarme con lo que podría haber sido, me interesa pensar qué aprendemos de cada decisión que tomamos y desde ahí nació mucho del espíritu de “Bifurcaciones”.
–La obra usa el bucle de recuerdos como estructura. ¿Cómo construiste dramáticamente ese mecanismo para que no se volviese repetitivo en escena?
Lo que me interesaba, no era repetir situaciones, sino mostrar cómo cambia emocionalmente una persona cuando vuelve a mirar el mismo hecho desde otro lugar. Cada regreso al recuerdo tiene una función distinta, a veces mi personaje de Manuel, intenta justificar lo que hizo, otras veces escapar, otras entender, y directamente pelearse con esa versión de sí mismo.
Entonces el mecanismo del bucle no está construido desde la repetición literal, sino desde la transformación. Cambian los vínculos, la información, el punto de vista, el tono de las escenas y hasta el espacio emocional en el que el personaje entra al recuerdo. Lo importante no era volver atrás, sino qué descubre cada vez que vuelve.
Además, trabajé teatralmente mucho el ritmo, las interrupciones y la fragmentación para que la obra tenga sensación de avance constante. El recuerdo aparece casi como una discusión viva entre el presente y el pasado, no como una escena congelada que se repite igual.
–Hablas del destino como algo que no está hecho para cambiarse, sino para comprenderse. ¿Por qué te interesaba cerrar la obra en ese lugar y no en la fantasía de re escribirlo todo?
Porque siento que muchas veces vivimos atrapados en la idea de “si hubiera hecho tal cosa, hoy sería feliz”. Eso puede transformarse en una forma muy cruel de vincularnos con nuestra propia vida. Me interesaba que la obra dialogara con esa fantasía contemporánea de corregir constantemente el pasado, como si la felicidad estuviera escondida en una decisión perfecta que no tomamos. Pero la vida real no funciona así; incluso cuando uno pudiera cambiar algo, probablemente aparecerán nuevos conflictos, nuevas pérdidas o nuevas preguntas.
Por eso el viaje de Manuel termina siendo más humano que fantástico. Él no encuentra una versión ideal de su vida, encuentra comprensión. Entiende quién fue, por qué tomó ciertas decisiones y cuánto dolor también intenta sostener, una idea imposible de perfección.
Profundizando en la puesta en escena
–Hay elementos poéticos y musicales en vivo con Luli Bonzo. ¿Cómo dialoga la música con el tiempo fragmentado de la historia?
La música en “Bifurcaciones» no funciona solamente como acompañamiento. Con Luli trabajamos la idea de que la música pueda decir aquello que los personajes muchas veces no pueden poner en palabras. Como la historia está construida desde recuerdos, fragmentos y distintos planos temporales, la música ayuda a unir esos mundos. A veces conecta escenas, otras veces rompe el ritmo, anticipa emociones o genera la sensación de que el tiempo se suspendió.
También me interesaba que la música tenga algo vivo, imperfecto y humano. Que no se sienta como un fondo cinematográfico, sino como alguien respirando con los personajes en escena.
–Con 16 años de trayectoria en el teatro independiente, ¿qué cosas de tu lenguaje escénico de Multiverso PJR, están presentes en la obra?
Creo que hay varias cosas como el cruce entre comedia y emoción, personajes muy humanos llenos de contradicciones, la idea de usar el teatro no solamente para entretener, sino también para dejar preguntas dando vueltas después de la función.
También está esa mezcla que me interesa entre lo cotidiano y lo filosófico. Me gusta que los personajes hablen como personas reales, con humor, incomodidad y caos, pero que al mismo tiempo aparezcan temas más profundos como el destino, la culpa, el amor, el miedo a la soledad o las decisiones que nos construyen.
Pero a la vez, siento que rompí varias cosas de mi propia manera de escribir y dirigir. Es una obra mucho más fragmentada, más sensorial y menos lineal. Me animé a trabajar con silencios, repeticiones, escenas que se interrumpen y una estructura más cercana a la memoria que a una narrativa tradicional.
También rompí un poco con la necesidad de explicar todo. Hay imágenes, músicas y situaciones que están pensadas más para sentirse que para entenderse racionalmente.
–Tu rol de Manuel es un publicista en crisis. ¿Elegiste ese oficio para hablar de algo específico sobre la construcción de la imagen y la identidad?
Sí, me interesaba que trabaje justamente construyendo discursos, imágenes y sentidos para los demás, mientras él, es incapaz de ordenar su propia vida emocional. La publicidad tiene algo muy ligado a nuestra época: vender felicidad, éxito, versiones idealizadas de nosotros mismos. Manuel es alguien acostumbrado a pensar cómo contar una historia atractiva, cómo generar impacto, pero cuando tiene que enfrentarse a sus propios recuerdos y decisiones, todo ese sistema empieza a quebrarse.
–¿Cómo fue dirigirte desde fuera, mientras sabías estarás actuando en la obra?
Fue uno de los desafíos más grandes porque cuando actúas y dirigís al mismo tiempo, inevitablemente hay una parte de vos que está emocionalmente dentro de la escena, y otra que intenta mirar la totalidad. Sostener ese equilibrio no siempre es fácil. Por eso para mí fue fundamental el trabajo de Lucila Rascón como asistente de dirección. Hubo muchas veces donde ella funcionó como esos ojos externos que yo necesitaba para poder ajustar ritmo, vínculos, verdad escénica, o incluso detectar cosas que estando arriba del escenario, se me escapaban completamente. La obra creció muchísimo gracias a esa mirada y al diálogo creativo que tuvimos durante los ensayos.
También fue muy importante el trabajo de Emiliano Cicchetti desde la producción ejecutiva. En el teatro independiente muchas veces uno termina ocupando demasiados roles al mismo tiempo, y contar con alguien que ayude a ordenar, sostener y acompañar el proyecto desde la producción, permite enfocarte más en lo artístico y en el trabajo con el elenco.
Además, tuve la suerte de compartir escena con artistas muy sensibles y comprometidas como Luli Bonzo, Agostina Otranto y Gigi Quevedo, aportaron muchísimo desde sus miradas y construcciones. Entonces la dirección terminó siendo algo bastante colectivo, donde todos fueron alimentando el universo de la obra.
–¿Qué buscas en la cercanía con el público para una obra que habla de decisiones tan personales?
Me interesaba mucho la cercanía porque obliga a una verdad distinta. En un espacio como El Jufré, no hay demasiados lugares para esconderse. El público siente las respiraciones, los silencios, las miradas incómodas, las pequeñas tensiones entre los personajes. Y para una obra como “Bifurcaciones”, que habla de heridas, recuerdos y decisiones muy humanas, eso era fundamental. También siento que la obra necesita que el espectador no sea solamente alguien que observa desde lejos, sino alguien que se sienta involucrado emocionalmente.
Además, el formato íntimo genera algo muy teatral que me encanta, cada función tiene pequeñas variaciones según cómo respira la sala. Hay silencios que pesan distinto, risas que aparecen en momentos inesperados o escenas que se vuelven más incómodas dependiendo de la energía del público. Y en una obra tan emocionalmente fragmentada, eso la mantiene viva todo el tiempo.
–¿Cómo es el proceso creativo dentro de tu propia compañía?
Suele ser muy colectivo porque las obras parten de una idea o una escritura mía, pero después el material crece muchísimo en el intercambio con el equipo. Me interesa trabajar en espacios donde las personas puedan proponer, cuestionar, sumar ideas y sentirse parte de la construcción del universo de la obra.

En » Bifurcaciones» eso estuvo muy presente. La asistencia de dirección, fue una pieza fundamental para ordenar escenas, pensar vínculos, detectar ritmos y acompañar todo el proceso desde una mirada externa muy sensible. Y desde la producción, Multiverso PJR, funciona también como una compañía donde todos terminan involucrándose más allá de su tarea específica. Hay algo muy artesanal y muy de teatro independiente en eso.
También hubo áreas fundamentales para construir la identidad estética de la obra. Creo que lo más lindo del proceso es justamente eso, sentir que la obra deja de ser solamente “tuya” y empieza a transformarse en algo colectivo, atravesado por lasmiradas, sensibilidades y búsquedas de todo el equipo.
-Si alguien sale del teatro y se queda pensando en una bifurcación propia, ¿cuál te gustaría que sea la pregunta que se lleve?
Me gustaría que la pregunta no sea solamente: “¿Qué habría pasado si elegía distinto?”, sino también: “¿Por qué sigo peleándome tanto con decisiones que ya forman parte de mi historia?”.
Creo que vivimos en una época muy atravesada por la idea de optimizar constantemente nuestra vida, como si existiera una versión perfecta de nosotros mismos esperándonos en otra bifurcación. Y a veces eso nos impide valorar incluso todo lo que aprendimos, crecimos y descubrimos gracias a las decisiones que tomamos.
Si alguien sale del teatro revisitando una bifurcación propia, o mirando su pasado con un poco más de comprensión y menos castigo, siento que la obra generará algo valioso.
–Después de “Bifurcaciones”, ¿hacia dónde va Multiverso PJR? ¿Seguirás por esta línea más poética y existencial o habrá un giro en el camino?
La productora consolida algo que me viene pasando como autor y director, cada vez me interesa más contar historias donde lo emocional tenga tanto peso como la trama. Me atraen mucho los personajes que están rotos, confundidos o intentando entenderse a sí mismos, porque creo que ahí aparece algo muy humano y muy teatral.
También me interesa que las obras puedan dialogar con preguntas profundas sin perder cercanía ni humor. Que el público pueda reírse, reconocerse en situaciones cotidianas y, al mismo tiempo, salir pensando en cosas más grandes.
No me interesa repetirme ni quedarme cómodo en una fórmula. Hay proyectos más poéticos, otros más absurdos, otros más ligados a la comedia negra o incluso a la ciencia ficción emocional, como pasa con “Sócrates 2.0”, estamos actualmente desarrollando y me entusiasma muchísimo.
Y también está la vuelta de “Mi soledad y yo», tiene un valor muy especial para mí porque fue mi primera obra como autor y director. Volver a ese material desde la experiencia y el recorrido de hoy, me genera mucha ilusión y también mucha emoción personal.
Estamos en un momento de crecimiento, búsqueda y expansión. Más que seguir una única línea, creo que lo que une a las obras es una misma necesidad. Es usar el teatro para hacer preguntas desde lugares sensibles, cercanos y profundamente teatrales.

