lunes 15 de abril de 2024

A lo que apunta Javier Milei: un país para pocos

Los que dicen que el proyecto de Milei para la Argentina es algo nuevo, o no estudiaron seriamente la historia del país, o actúan interesadamente de mala fe.
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Javier Milei, durante su discurso de asunción.

Allá por 1861, sobre la derrota militar del interior, luego del triunfo del porteño general Bartolomé Mitre en la batalla de Pavón gracias a la traición del gobernador entrerriano Justo José de Urquiza (cualquier semejanza con otros gobernadores en la actualidad no es mera coincidencia), comenzó una nueva etapa del país. Que pasó a vertebrarse propiamente como tal en lo que se denominó un “proyecto agroexportador”; manejado por los grandes terratenientes y de “relaciones carnales” con Inglaterra.

Primero con la llegada del tucumano Nicolás Avellaneda a la presidencia en 1874, que incorpora a dicho proyecto de Nación a las oligarquías del interior; en momentos donde el crecimiento de la clase obrera inglesa requería de más y mejores alimentos, sumado al avance de los barcos de vapor para cruzar rápido el océano. Luego con la “Campaña del Desierto” en 1879, que agrega enormes territorios arrebatándoselos por la fuerza a los pueblos pampa, ranquel, mapuche y tehuelche. La Argentina entra de lleno en la exportación de granos y carnes, complementado con la importación de manufacturas inglesas. Se despliega un modelo dominante y hegemónico de país hasta la crisis internacional de 1930.

¿En qué consistía la Nación que se fue diseñando en esa segunda mitad del siglo 19, a la cual el actual presidente Milei alaba una y otra vez diciendo que era el paraíso al que deberíamos volver?

Con una población escasa, de dos millones de habitantes cuando asumió Julio Argentino Roca la presidencia en 1880, y un extenso territorio para el desarrollo de la ganadería y la agricultura, producción muy demandada en el exterior, el proyecto oligárquico fue gestar un país para pocos; en el que las capas altas de la sociedad vivieran muy bien, tirando manteca al techo como se decía, y concentrarán, además, los saberes en la élite. Mientras que el resto de la sociedad, muy mayoritaria pero no muy numerosa, de elevado analfabetismo y que vivía sobre todo en el campo, se ubicaba en un nivel mucho más bajo de ingresos y nivel de vida.

En concreto, con una espantosa distribución de la riqueza, el modelo era un país de dos pisos altamente autoritario, la democracia era solo para los de arriba. Funcionaba porque las riquezas de la agro exportación eran muy grandes para una población chica, con que los ricos drenaran un poco para abajo alcanzaba; como en los países árabes con el petróleo.

Las cosas se les empezaron a complicar cuando por necesidades del propio modelo empezó a crecer una clase media entre los ricos y el pueblo de abajo. Para poder abordar el negocio de la agricultura y vender trigo (las vacas que proveían de carne engordaban solas en las grandes estancias), se promovió la inmigración europea. Una parte de la misma fue al campo de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y el norte de Buenos Aires a cultivar en tierra arrendada a los terratenientes. En unos años esas personas se organizaron, y con lucha elevaron su nivel de vida y de cultura.

La democracia era solo para los de arriba.

Paralelamente, con el aumento de la población (en 1914 ya éramos 8 millones), creció el comercio y el tamaño del Estado. Elevando también por esa vía, una parte de la población, muchos hijos de inmigrantes, su nivel de vida.

Esta clase media que fue incrementándose al interior del modelo agroexportador, empezó a exigirle a la oligarquía gobernante y dominante su lugar en el país; y a reclamar que se distribuyera mejor la renta nacional. El radicalismo yrigoyenista devino en su expresión política. Fundado en la Revolución del Parque de 1890, fue ganando fuerza hasta llegar al gobierno en 1916.

Una clase media en ascenso que pedía lo suyo, una incipiente clase trabajadora que empezaba a pelar por sus derechos, una oligarquía que se negaba a ceder sus enormes ganancias y, finalmente, la crisis mundial de 1930, pusieron en crisis irreversible ese primer modelo de país para pocos que tuvimos los argentinos/as. Ese que ama Milei.

Luego, la obligada sustitución de importaciones de la década del treinta por la escasa capacidad de compra de nuestras exportaciones, fue agrandando el tamaño de la clase obrera. Proceso que dio un salto después del 46’ ya con Perón, y vino acompañado de un fuerte protagonismo político y social de los laburantes en la vida del país.

Así se terminó por gestar una sociedad donde sus mayorías populares conquistaron derechos y una vida mejor. La clase media con el radicalismo de Yrigoyen y la trabajadora con el peronismo del General. Ambas, de una u otra manera, de allí en adelante no estuvieron dispuestas a sacrificar lo conseguido volviendo para atrás. Se conformó así una sociedad con importante conciencia solidaria y de igualdad. La justicia social nunca fue por estos pagos, mal que les pese a los que hoy están en la Rosada, una palabra hueca.

Por supuesto que las clases altas nunca aceptaron esto. Siempre estuvieron convencidas que para mantener sus riquezas, sus lujos y sus niveles de vida, este país debía ser como en el siglo 19: para pocos y gobernado por ellos y sus aliados del exterior (cambiaron a Inglaterra por los EE.UU. a mediados del siglo 20, conforme se modeló el mundo posterior a la segunda guerra).

Desde el golpe de la Libertadora en 1955 en adelante lo intentaron una y otra vez. Primero con Aramburu, luego con Frondizi, más tarde, en 1966, con el general Onganía y la “Revolución Argentina”. Solo cosecharon fracasos; no era fácil volver a un gobierno y un proyecto típico de la oligarquía con una sociedad muy distinta, que ya no lo aceptaba.

Habida cuenta de esa realidad, en 1976 decidieron tratar de imponerlo otra vez con los militares, pero con niveles de violencia inauditos. No pudieron, se fueron repudiados.

Entonces, tenaces, lo hicieron fracasar a Alfonsín y otra vez buscaron la manera de imponernos un país de dos pisos: los ricos y poderosos arriba y el resto abajo. Recurrieron para ello al engaño menemista. Avanzaron no poco esa vez, dejaron consecuencias y desgracias durables, pero finalmente fueron derrotados por la resistencia popular.

Incansables, sobre los graves errores del kirchnerismo en los gobiernos de Cristina, se montaron para volver a la carga; en esta oportunidad con uno del riñón ellos: Macri; el que se veía a sí mismo como un nuevo Roca. Cosecharon otro fracaso. El rechazo a su gobierno se extendió en la mayoría de la sociedad y perdieron duro las elecciones presidenciales del 2019.

No obstante, inteligentes como son y con poder como tienen, con el muy mal gobierno del Frente de Todos vieron la oportunidad y montaron este invento de Milei; para engañar hábilmente a una parte importante de la sociedad angustiada por la crisis económica, la inseguridad y tantos otros males, entre ellos la lamentable conducta de parte de la dirigencia política.

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Milei habla desde la Casa Rosada, en diciembre, el día de su asunción.

Así estamos entonces. Otra vez vienen los orcos con plata a la carga para ver si de una vez por todas logran imponernos una nación para minorías. Donde los ricos sean muy ricos y vivan bien y felices, las multinacionales y los grandes bancos se hagan de una parte sustanciosa de la renta nacional, y en el que la mitad de los argentinos/as sufran la pobreza, el desempleo y la marginación social, no tengan adecuado acceso a la vivienda, la salud y la educación, pierdan sus derechos y conquistas, y sean avasallados por la fuerza si levantan su voz contra la injusticia. Si hasta quieren volver al voto “calificado”, donde la democracia sea solo para la “gente bien”. Y la república, donde el Congreso es un “nido de ratas”, solo un garabato sin valor en la Constitución.

Ese es el proyecto de Milei, que vende como nuevo, pero nació de la mano oligarca hace 160 años.

Nunca las clases altas de este país, y sus empleados como el hoy Presidente, aceptaron que tengamos un país para todos. Siempre nos quieren volver a una Nación para pocos, sin justicia ni equidad social, sin soberanía ni democracia, con la menor cantidad de libertades y derechos posible.

No podrán, aunque nos hagan padecer por un tiempo, se van a tener que ir otra vez con el rabo entre las patas.

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