
Hoy es un día histórico para las universidades públicas en la Argentina. Nuevamente, las calles se convierten en un solo grito para exigir que el Gobierno Nacional termine con su plan de empobrecimiento y se digne a cumplir con la Ley de Financiamiento Universitario para sostener a nuestras instituciones y al personal docente y no docente que trabaja en ellas.
En este contexto, aprovecho el espacio que tengo dentro de Nota al Pie para contar mi historia. Yo soy «hija» de la universidad pública, hija de mi amada Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). Yo fui la primera en mi familia en estudiar una carrera universitaria. Cursé la licenciatura en Comunicación Social y tanto la carrera como la UNLaM y los docentes que trabajan allí me cambiaron la vida.
A lo largo de la carrera, me tocó cursar más de 40 materias y conocer a docentes que me formaron como profesional y como persona. Tuve a mi mentor en periodismo gráfico que, con un simple dibujo (el cual guardo hasta hoy), me enseñó cómo se debe escribir una nota periodística; gracias a él, hoy vivo mi trabajo con pasión y cada nota que escribo puedo hacerla con la calidad y el rigor que mi profesión me exige.
Hay otro docente que guarda un lugar especial en mi corazón. Él definió mi futuro universitario y profesional. Su materia, su manera de enseñar y su forma tan socrática y mayéutica de hacer que sus estudiantes fuésemos capaces de desarrollar nuestro pensamiento crítico fueron fundamentales para mí. Con él aprendí a analizar la realidad y el mundo como nunca antes lo había logrado. Él me inspiró a elegir mi tema para hacer mi tesis; me encontré implementando explicaciones y recursos suyos en mi redacción. Gracias a él, hice un trabajo final de grado que amé desde el primer día y, también a él, le debo el haber descubierto mi fascinación por su materia y mi sueño de algún día poder ser docente y enseñar esta asignatura en mi amada UNLaM.

A ellos se suma otra profesora fundamental para mí: mi tutora durante el proceso de la tesis. Por ese entonces, yo atravesaba el peor momento de mi vida. Es terrible para mí escribir estas líneas sin convertirme en un mar de lágrimas, pero, antes de graduarme, yo perdí a mi mamá. Hasta ese momento, yo no sabía lo que era llevar el dolor dentro de los huesos. Perder a mi mamá fue y es lo peor que me pudo haber pasado y, sin embargo, ahí estuvo mi tutora. Durante todo el proceso en el que yo intentaba hacer una tesis, mientras el dolor me comía por dentro, mi profe estuvo ahí: me ayudó con material, me escribía constantemente —incluso durante sus vacaciones— para decirme que siguiera adelante porque yo me tenía que recibir. El día que me gradué fui sola, lloré a mares dentro de la UNLaM por no tener a mi mamá conmigo, y la primera persona que me escribió para saber cómo me había ido fue mi tutora.
Hoy, 12 de mayo, en el marco de una nueva marcha universitaria, alzo mi voz para exigir que se cumpla con la Ley de Financiamiento, pero también para decir gracias. Gracias a mis profes, gracias a mi UNLaM y gracias a la universidad pública. Y agradezco porque, en el peor momento de mi vida, esa universidad pública a la que iba todos los días a cursar y en la que pasaba horas estudiando fue el refugio que me contuvo cuando mi mundo se había desmoronado. La UNLaM fue el lugar que me formó, me dio herramientas para mi profesión, pero también fue mi casa y, lo más importante: a mí, la UNLaM, una universidad pública, fue la que me salvó la vida.

