Ago 8, 2021 | Cultura

La batalla más dura: combatir el silencio y la invisibilización

Nota al Pie conversó con Gabriela Aguad, la directora de Mujeres al Frente, una obra que fusiona el teatro y la narración oral para darle voz a las mujeres que participaron en la guerra de las Islas Malvinas.

Mujeres al Frente interpretada por Miriam Simcovich y Alicia Strupeni con dramaturgia y dirección de Gabriela Aguad. Foto: Rubén Areces.

Navegar en la oscuridad, con el frío de un mar helado congelando sus sentidos. Escuchar el incesante estruendo de los misiles estallando alrededor. Tratar con la muerte en primera persona y, aun así, sobreponerse a la soledad y el miedo para mantener izada la bandera de la esperanza. Tender una mano amiga entre tanto dolor. Y regresar, al final de la contienda, a una tierra ingrata que las condenará por años al olvido y la negación; invisibilizando su valentía, idoneidad y el amor con el que sobrevivieron al infierno. 

De eso se trata Mujeres al Frente, una obra que fusiona el ritual de la dramatización teatral con la potencia intimista de la narración oral para darle voz a 7 mujeres que participaron activamente en la Guerra de Malvinas

La obra interpretada por Alicia Strupeni y Miriam Simcovich puede verse presencialmente en CABA todos los sábados de agosto a las 19.30 horas, en el Teatro del Pasillo con todos los cuidados previstos por protocolo. Las entradas pueden obtenerse online en Alternativa Teatral.

Nota al Pie conversó con Gabriela Aguad, dramaturga y directora de la obra, para conocer más detalles sobre Mujeres al Frente y las historias de las mujeres protagonistas.

Gabriela Aguad es actriz, dramaturga, directora, narradora oral y artista plástica. Foto: Ana Fernández.

¿Cómo nace la obra, Gabriela? 

La idea surge de la mano de Alicia Strupeni y Miriam Simcovich. Ellas son narradoras orales que se encargaron de investigar la participación de las mujeres en la Guerra de Malvinas en distintas fuentes, artículos periodísticos, libros, reportajes e incluso se entrevistaron con dos de ellas. 

Estoy agradecida a estas dos compañeras de ruta que pergeñaron este proyecto y pensaron que podía acompañarlas. Ellas descubrieron las historias de estas mujeres y confiaron en mí para poder ficcionarlas y llevarlas a un espectáculo.

¿Por qué Mujeres al Frente?

Porque este era un tema que hasta hace poco tiempo estuvo oculto. La gente siempre que se habla de Malvinas piensa en hombres en el frente de batalla y conoce poco o nada sobre las mujeres que estuvieron allá. 

Algunas hicieron una tarea tan milagrosa como curar y salvar vidas. Muchas estaban en los buques hospitales, en el centro del conflicto o en hospitales reubicables en el continente. Radiooperadoras y mujeres que cocinaban para los heridos.

Eran muy jóvenes. Tenían 20 años cuando fueron a la guerra y lo hicieron como voluntarias. Trabajaban en hospitales militares o en la Marina Mercante haciendo viajes comerciales. No eran mujeres acostumbradas al conflicto y mucho menos una guerra tan infame e injusta. Y de repente se encontraban cuidando, salvando vidas o ayudando a morir a chicos de su edad, de 19 y 20 años. Eso fue terrible y muy impactante para ellas.

Sobrevivir al silencio y la indiferencia. Foto: Rubén Areces.

Para estas mujeres hubo un silencio muy largo. Fueron más de 20 años de estar silenciadas. Porque recién hace algunos años se empezó a mostrar su participación en la guerra. Ellas llegaron de allá con la orden de no hablar, de no contar nada, las familias no hablaban del tema ni con ellas ni con el afuera. Nadie preguntaba nada. 

¿Cómo fue el trabajo de ficcionar historias tan fuertes?

Fue un trabajo de mucho cuidado y respeto. Cuando recibo el material recopilado por Miriam y Alicia, tenía que intervenir algunas de estas historias para llevarlas a la escena; y ahí me encuentro con la tarea de ficcionar esos hechos reales. 

Lo difícil de esto es tomar un hecho real y llevarlo a la teatralidad con mucho cuidado, sin caer en golpes bajos; porque hubiese sido fácil con temas tan duros caer en eso y llegar a la emoción fácilmente. 

Siempre fui muy cuidadosa con eso porque queríamos visibilizar las historias de estas mujeres, pero desde el respeto y el arte. Fue un trabajo bastante arduo porque había que amalgamar la narración oral, el teatro, la ficción y la realidad; y que todo eso fuera un testimonio a través del arte. Y así fui, de a poco, metiéndome en cada historia. Así empezaron a surgir las escenas.

 Ficcionar la realidad. Foto: Rubén Areces.

¿Cuáles fueron esas primeras escenas?

Muchas, pero recuerdo una en la que tuve que imaginar el encuentro de un soldado y una niña a través de una carta; o pensar en lo difícil de hacer un llamado por teléfono a larga distancia, en 1982, para avisar a una familia que su hijo vivía; y se encontraba herido en el hospital de Comodoro Rivadavia.

Lo importante era encontrar en cada historia un hecho en particular que hiciera que eso haya sido especial; y a partir de allí narrar, contar y actuar ese hecho que pintaba todo lo que había pasado.

¿Qué es lo más importante de ese hecho particular que funciona como disparador de las historias?

La resiliencia de estas mujeres durante el infierno de la guerra y a su regreso soportando el ninguneo y la negación; porque siguen siendo maltratadas socialmente. No han recibido reconocimiento por todo lo que han hecho. Por eso con esta obra lo que queremos es visibilizarlas desde el arte.

Y también atender a que, en un punto, todas las historias que contamos de alguna manera tienen un mensaje esperanzador. Saber que de lo más duro podemos rescatar una luz para seguir viviendo después de haber atravesado momentos tan límites.

¿Qué significa para vos lo que ocurre con la gente con cada función?

Es muy lindo cuando uno siente que algo o mucho de los objetivos que se había planteado se cumplen y eso lo vemos al terminar cada función. Sentimos que de alguna manera tocamos el corazón de mucha gente y con eso le devolvemos a las mujeres que vivieron esas historias nuestro humilde reconocimiento. 

Más allá de lo que se vive durante la obra lo que buscamos, y que se lo decimos al público al terminar, es que sigamos hablando sobre estas historias. En familia, con amigues, donde sea, porque lo peor que puede pasarnos es que esto se quede en el olvido. 

La puesta en escena 

La fuerza de la puesta en escena radica en lo simbólico. El sonido del mar junto con la proyección de imágenes recogidas por Silvia Copello en aquellas lejanas aguas; transporta al espectador al Océano Atlántico, en el frío mayo de 1982.

El trabajo de las narradoras/actrices con los objetos le imprime a cada momento una simbología muy especial. Los barquitos y aviones de papel diseminados en el escenario tienen un claro objetivo narrativo. El pan y la acción de amasarlo, constituyen una amalgama que funciona como nexo en la obra. Cada detalle es la pieza de un perfecto engranaje para vivir 60 minutos de intensas emociones de la mano de valientes mujeres. 

Las Mujeres de la Guerra de Malvinas

Mujeres participantes activas de la Guerra de Malvinas. Fotos de archivo.


Silvia. Una instrumentadora quirúrgica que cumple funciones en el Rompehielos Almirante Irizar. Debido al infernal movimiento del barco, junto a sus compañeras encuentran la forma de atarse a las camillas para no sucumbir en la ardua tarea de poder curar a los heridos. Al volver de la guerra ya nada será igual para ella.

Doris. Una enfermera a bordo del Buque Formosa. Una bomba que cae mientras está en la enfermería del barco la conduce a un diálogo con ella misma, en ese segundo fatal.

Liliana. Viaja en el Hércules, es enfermera. Ayuda a trasladar a los heridos desde las islas. Una noche mientras el Hércules carretea y despega por el peligro de un ataque inminente, Liliana, corre desesperada por la pista para alcanzar a ese avión que se va sin ella.

Felicia. Vive en el continente. Todas las madrugadas se levanta a cocinar el pan para los soldados heridos que se encuentran en el hospital de Comodoro Rivadavia. Aún hoy una placa la recuerda, al igual que muchos de los soldados que pasaron por allí, en ese lugar donde el amor puesto en la textura y el sabor de un alimento supo ser medicina.

Gabriela. Tiene 11 años, desde su pupitre escribe para un soldado que no conoce. Daniel será el afortunado en recibir su carta. Y en las cálidas palabras de la niña escritora encontrará un refugio que se convertirá trinchera. Una carta que tendrá consecuencias en la vida de ambos.

Stella Maris. La única mujer a bordo del buque Lago Traful. Es Radioperadora. Trabaja con aparatos obsoletos, a uno de ellos, logra repararlo y al ponerlo en funcionamiento de una manera muy singular descubre un hallazgo importante.

Ana. Regresó de la guerra y no volvió a hablar del tema. Trajo una bomba en su alma y estuvo así durante muchos años, hasta que su pequeña hija le pide ayuda con una tarea sobre Malvinas y ese día la bomba explota.

Asomarse a cada una de estas historias es iniciar un viaje del que nadie saldrá igual.

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