Dic 12, 2022 | Cultura

Guillermo del Toro y sus fábulas antifascistas

“Pinocho”, la última película del director mexicano, se une a “El Espinazo del Diablo” y a “El Laberinto del Fauno” para terminar una trilogía que abarca la temática del autoritarismo.
Del Toro
Su versión del cuento de Carlos Collodi se llama “Pinocho de Guillermo del Toro” para diferenciarse de las adaptaciones de Disney de la historia. Crédito: Netflix.

Durante mucho tiempo, la película Pinocho de Guillermo del Toro parecía condenada a convertirse en uno de los muchos proyectos del cineasta mexicano destinados a no realizarse jamás. Anunciada en 2008, esta nueva versión del cuento de Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho, escrita por el director y su frecuente colaborador Matthew Robinson, y dirigida por del Toro junto a Mark Gustafson, llegó a cines seleccionados en octubre. El film se estrenó en Netflix el 9 de diciembre. 

Pero tan emocionante como los artistas de primer nivel que fueron parte de esta producción es su historia, que traslada la narración sobre la traviesa marioneta de madera a la Italia fascista bajo el reinado de terror de Benito Mussolini.

Un oscuro cuento de hadas sobre niños que emprenden aventuras fantásticas en tiempos de guerra y violenta agitación social es un territorio familiar para del Toro. Su película de terror de 2001, El Espinazo del Diablo, se centra en un niño huérfano que se propone desentrañar el misterio detrás de un fantasma que acecha el aislado orfanato donde reside. Todo ocurre mientras la Guerra Civil española se acerca cada vez más a su hogar. 

En 2006, del Toro lanzó una continuación espiritual de esta película: El Laberinto del Fauno. Cuya historia se centra en una joven que lleva a cabo una serie de tareas a pedido de un antiguo fauno, mientras su cruel padrastro, un firme partidario del régimen franquista, persigue a los rebeldes de izquierda después de la Guerra Civil española.

Si bien Pinocho no es una película live action ni una en español, tiene mucho en común con ambas en términos de sus personajes principales, elementos de género y temas. De hecho, el director afirmó que siente que juntas forman una trilogía poco ortodoxa.

El fascismo, un escenario recurrente en la filmografía de del Toro

Del Toro ambienta su Pinocho en la Italia presa del régimen fascista, después que un bombardeo militar asesina al hijo de Geppetto, poniendo la historia en movimiento. También presenta al primer ministro italiano, Benito Mussolini, asistiendo a la función de circo de Pinocho y se lo representa como un ridículo e hinchado hombre-niño. 

Aunque Pinocho debía rendirle un tributo adulador al Il Duce, se sale de lo pautado y se burla del régimen. Esto resalta lo grotesco de la agenda fascista, que recuerda la famosa representación de Hitler de Charles Chaplin (El Gran Dictador, 1940).

Del Toro
“El Laberinto del Fauno” pone en relieve cómo la desobediencia es una forma de hacerle frente a los regímenes totalitarios. Crédito: Universal.

Con una docena de películas en su haber como director, se ha vuelto obvio que hay motivos específicos que atraen a del Toro como narrador. La guerra es un tema que regresa una y otra vez a sus historias, incluso cuando está en segundo plano, como en La Forma del Agua (2017) o El Callejón de las Almas Perdidas (2021). 

El Laberinto del Fauno llevó a la audiencia a sumergirse en los horrores de los abusos contra los derechos humanos cometidos por las fuerzas franquistas en la década de 1940. Estos abusos fueron personificados a través del monstruoso fascista, el Capitán Vidal, y su alter ego del inframundo, el Hombre Pálido. Las hadas, un fauno y un reino subterráneo mágico coexisten con las duras realidades de la España posterior a la guerra civil.

Pero en El Espinazo del Diablo, El Laberinto del Fauno y Pinocho, el horror provocado en las épocas de guerra es reflejado a través de la mirada infantil de sus protagonistas. Estas películas presentan de manera central a un niño que enfrenta una situación muy adulta y lo hace desde un lugar de inocencia y pureza.

La desobediencia como virtud 

La desobediencia inherente del monstruo es un tema recurrente en la obra de del Toro. Dentro de sus formas híbridas y apetitos antinaturales, sus monstruos encarnan un código de divergencia a veces emocionante, a veces aterrador. 

Su Pinocho se deleita en la libertad de la desobediencia como virtud. Se convierte en una meditación sobre las formas en que la inocencia y la desobediencia, a pesar de los viejos cuentos de hadas, están estrechamente entrelazadas. 

La obra de Carlo Collodi trata sobre ser un buen chico y obedecer. Sin embargo, la versión del cineasta mexicano se enfoca en cómo la desobediencia es necesaria para que alguien se convierta en un individuo real.

El director creó fábulas para adultos que entretejen su mirada visionaria de la narración con el lado más oscuro de la historia: las dictaduras. El resultado son fantasías antifascistas que logran su equilibrio interior a través de un constante juego de contrastes. 

Este juego de oposiciones existe entre el mundo histórico y el fantástico. El gore del primero coincide con los estallidos de horror del segundo, ya que los elementos de la fantasía actúan como un espejo que refleja la realidad a través de la metáfora.  

En el Laberinto del Fauno, el Hombre Pálido, una referencia al cuadro de Francisco Goya Saturno devorando a su hijo’, se erige como alegoría de la historia de represión de España. Esta criatura representa el mal institucional alimentándose de los indefensos, sobre todo el fascimo clerical.

Es significativo que de todas las criaturas míticas, para el papel del hombre en el umbral se haya elegido a un fauno. No es cualquier icono pagano. Ha visto sus rasgos reasignados al diablo cristiano, el desobediente por excelencia que es el mayor exponente de la máxima libertad. La solución moral al autoritarismo que ofrece el autor es la desobediencia.

La confrontación del dolor, la elección y la falta de elección

La voluntad del cineasta de confrontar el dolor y forjar su propio diccionario cinematográfico, adicionó una mezcla de inocencia y brutalidad a su marca registrada del cine fantasmagórico. 

Desde las aplastantes adicciones de Cronos (La Invención de Cronos, 1993), cuyo antihéroe envejecido se reduce a lamer la sangre del suelo de baldosas de un baño público, hasta la fantasía redentora de Hellboy (2004, 2008), cuyo demonio titular se lima los cuernos de la cabeza en un intento por tomar el control de su destino, del Toro ha vuelto compulsivamente sobre estos temas. 

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“El Espinazo del Diablo” es una historia de fantasmas que celebra la incontenibilidad del espíritu humano. Crédito: Sony Pictures.

En el caso de El Espinazo del Diablo, es el dolor y la tragedia de la Guerra Civil española lo que respalda tanto la sensación de horror como el espíritu de desafío que resuenan a lo largo de la película. Es un film sobre la represión que celebra, aunque de manera desgarradora, la incontenibilidad del espíritu humano inocente. 

El enfoque cinematográfico de Del Toro que dobla y combina géneros le permite llegar a una audiencia amplia y variada. Al mismo tiempo, proporciona comentarios sociales e históricos agudos sobre el tenso pasado de la humanidad presa de los regímenes totalitarios.

Del Toro se ha ganado la reputación de ser el mejor exponente vivo del cine fabulista. En esencia, es un alma dividida, un realista en sintonía con las extrañas vibraciones de lo sobrenatural, un católico decaído interesado en el sacrificio y la redención.

Sus películas equilibran las tensiones políticas con una disputa entre la fantasía y la realidad, entre la apariencia del mundo y la forma en que es. Y ambos contraponen el motivo recurrente de los cuentos de hadas de la elección al espectro del fascismo: la última falta de elección.

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