
El contexto de las rondas
Es un jueves cualquiera por la tarde, en algún momento del tiempo que va de medio siglo a este presente.
A metros de la Plaza de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires, donde las palomas picotean, está la City porteña. Son los bancos, las financieras y los hombres, sobre todo hombres, que, desde sus escritorios, celulares, computadoras y conectados con otros en el mundo, despliegan las coordenadas que digitan parte de las condiciones de vida de millones de personas.
A menos de 100 metros está la puerta de entrada a la Casa Rosada, la sede del gobierno argentino en donde desde 1977 hasta hoy 19 personas se sentaron en el sillón presidencial.
Atrás, luego de ese Puerto fantasma convertido en barrio de oscuras inversiones con la amarga fiesta del menemismo, se mecen algunas olas del Río de la Plata.
Las aguas que, cómplices de la memoria y la búsqueda permanente de la verdad, tuvieron la gentileza de devolver muchos de los cuerpos arrojados desde aviones, para que tengan, además de un cierre del ciclo, el carácter de prueba irrefutable del horror.

La Plaza de las Madres, baldosas de la historia
La imagen desciende y se posa, en primer plano en ese jueves de ronda en la Plaza de Mayo, que es hoy, pero fue el de hace una semana y será también el de dentro de siete días.
Si los calendarios se dividen en meses, semanas y años, la historia argentina se puede medir en rondas de la Plaza.
Camina silenciosa la multitud, cabeza gacha porque la derrota es también de los cuerpos, golpeados por el paso de los años y por lo que hicieron con los cuerpos a través de los años, los horribles de uniforme, los de traje y corbata, los de simple camisa.

Pero levantar la cabeza es parte de la tarea de la hora, de ayer y de siempre. Luego, viene el cruzar miradas y palabras, construir el diálogo sobre el silencio, la alegría de la vida pese al empecinamiento de la muerte, que cruza los días en vuelo rasante.
Porque uno, si está solo, se pone en la fila y no chista, ante el celador vigilante, mandadero de los señores que tienen la idea, dan la orden, pero no ponen el cuerpo.
Pero si somos dos, ya estamos en condiciones de poder tramar algo. Una urdimbre de palabras, de sueños y acciones que contagien, interpelen, inviten y sumen para que no sea uno, ni dos, sino decenas, miles, millones en movimiento.
Como la ronda, que ante la voz de orden y mando de circulen, del botón de turno, se puso en marcha y no paró más. Nunca más.
Así lo cuenta Romina Toledo en este recorrido histórico de Nota al Pie.

Mucho más que caminar en la Plaza
Las llamaron locas, las infiltraron en dictadura y en democracia. Les negaron la entrada a los palacios, acaso porque la carga de calle que acumularon en tantos años, sea insoportable de tolerar para la comodidad de los despachos oficiales.
Pero ahí siguen, como el mar que no se cansa, que convierte en arena la roca. Las Madres convirtieron el dolor individual en una gesta colectiva, por eso de no agachar la cabeza, de moverse, de construir puentes de diálogo y ser tercamente obsesivas en la consigna, que fue variando del “aparición con vida”, que duró hasta algunos años entrada la democracia, hasta el actual “que digan dónde están”.
Porque si el silencio de los que saben y callan, por autoprotección o por complicidad, sigue siendo norma, la única respuesta posible es la rebelión de la palabra, la revolución del abrazo, la provocación del diálogo compartido.
Si el callar paraliza, casi tanto como la muerte, las Madres, las Abuelas, los organismos de derechos humanos y quienes abrazamos como principio estas reivindicaciones, demostraron y nos enseñaron con los años que no hay freno cuando falta la verdad y la justicia.

Para eso el motor es la memoria y el movimiento es el andar.
Como el que se pone en práctica en cada ronda, desde hace 2499, y por 2500 más. Hasta que sea necesario y cuando eso se haya conseguido, para no olvidar. Nunca, jamás.

