Entre la indignación y el meme: cómo debatir cuando el poder niega la realidad

Javier Milei abrió las sesiones ordinarias del Congreso con un discurso que no sólo expuso su programa económico sino también un modo de intervenir en la conversación pública: negar los problemas, descalificar al adversario y reducir el conflicto social a una caricatura moral. La indignación no es el camino.
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El presidente Javier Milei en la Asamblea Legislativa. Crédito: Presidencia de la Nación.

Frente a eso, la pregunta no es únicamente qué dijo, sino cómo se lo enfrenta en un ecosistema mediático atravesado por la velocidad, el algoritmo y la centralidad de la imagen.

Hay dos tentaciones que deberíamos evitar, y son, en rigor, las dos caras de la misma moneda: la indignación y la banalización. Por un lado, la bronca que se descarga en redes sociales; por el otro, la conversión de todo en meme.

Ambas reacciones, aunque comprensibles, resultan funcionales a la lógica que se pretende impugnar. Porque de una u otra manera subliman el malestar y lo canalizan en el terreno donde el oficialismo se siente más cómodo: el de la viralización y el impacto emocional. Y de esto no se sale con bronca ni riéndose, sino con inteligencia y política.

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El meme y la negación como método

El discurso presidencial negó la existencia misma de problemas en salarios, empleo y consumo. “Triplicamos los salarios en dólares”, insistió el Presidente, y sostuvo que la apertura importadora no genera desempleo porque el abaratamiento de bienes libera poder de compra y, por efecto indirecto, crea más puestos de trabajo que los que destruye.

La explicación, que responde a una versión simplificada del libre comercio clásico, omite datos elementales de la coyuntura. Las familias vieron deteriorada su capacidad de compra por el peso creciente de las tarifas tras la quita de subsidios; el mercado interno se achicó y la disputa entre producción local e importaciones ocurre sobre una demanda más reducida que años atrás.

La afirmación de que los ingresos en dólares se triplicaron no encuentra correlato en la experiencia concreta de amplios sectores sociales.

Más aún, el Presidente celebró que el empresario “ineficiente” cierre frente a la competencia externa, porque, según su tesis, eso no genera desempleo y beneficia al consumidor. La defensa de la industria nacional fue presentada como “fetiche industrialista” y como un entramado de prebendas entre empresarios y políticos.

Sin embargo, el propio discurso dejó sin respuesta la situación de los trabajadores que pierden su empleo cuando una planta cierra. La abstracción teórica reemplazó a la realidad social.

El desplazamiento del conflicto

Hay, además, un desplazamiento semántico deliberado. Conceptos como “libertad”, “casta” o “libertarios” fueron apropiados como paquetes cerrados y marcados con el sello de La Libertad Avanza. Se trata de una operación política eficaz: deslegitimar la palabra como territorio de disputa y convertirla en marca registrada. La discusión deja de ser sobre significados y pasa a ser sobre adhesiones identitarias.

En ese contexto, el debate se vuelve casi imposible. No hay intercambio argumental cuando el punto de partida es la negación de los hechos verificables o la descalificación moral del adversario. La irracionalidad y el fanatismo no buscan persuadir: buscan clausurar. Y en la era de las redes sociales, esa clausura se acelera. La centralidad de la imagen, el recorte, el gesto, el fragmento viral, sustituye al razonamiento extendido.

La política se convierte en performance.

El desafío es, entonces, doble. Por un lado, desmontar con datos y argumentos las afirmaciones que no se sostienen en la evidencia, como las proyecciones de “cientos de miles” o incluso “un millón” de empleos permanentes asociados a inversiones mineras, para las cuales no existen antecedentes comparables.

Por otro, hacerlo sin quedar atrapados en la lógica del algoritmo, que premia la reacción inmediata y la polarización.

En esa línea, Isaac Rudnik, Director Nacional del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI), afirmó que «venimos incorporando constantemente en nuestros informes mensuales sobre las variaciones de los precios de las canastas básicas en los negocios de cercanía de los barrios populares, elementos como, la baja del consumo en alimentos indispensables, el cierre de Pymes, el endeudamiento de las familias, o comparaciones entre los aumentos a jubilaciones y asignaciones sociales y las subas de los precios«.

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Javier Milei habla ante diptados y senadores, en la apertura del año legislativo. Crédito: Presidencia de la Nación.

El algoritmo de la indignación como actor político

Consumir el contenido sin replicarlo es una forma de resistencia mínima pero necesaria. Cada compartido indignado y cada meme irónico alimentan la maquinaria de visibilidad que estructura hoy la conversación pública. La economía de la atención es el campo de batalla contemporáneo, y en ese terreno el oficialismo ha mostrado habilidad.

Pero no se trata de callar. Se trata de cambiar de plano. Si la imagen clausura el debate, la tarea es recuperar la palabra. Si la consigna simplifica, la tarea es complejizar. Si el discurso presidencial presenta un país sin problemas de empleo, salarios o consumo, la respuesta no puede limitarse a la burla ni al exabrupto: debe ser la reconstrucción paciente de la realidad con cifras, testimonios y análisis.

La política democrática supone conflicto, pero también reglas compartidas sobre qué es discutible y qué es verificable. Cuando desde el poder se desestima la existencia misma de la crisis, el riesgo no es sólo económico: es cultural. Se erosiona la posibilidad de una conversación pública basada en hechos.

Entre la indignación y el meme hay un tercer camino: la crítica informada, la disputa por el sentido y la construcción de alternativas. No es el camino más veloz ni el más viral. Pero quizá sea el único capaz de romper el círculo en el que la negación y la furia se retroalimentan mientras la realidad, esa que no entra en el discurso, sigue reclamando respuestas.

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