
Eurípides llegó a nuestras tierras
La más reciente criatura teatral de Mauricio Kartun, autor, director y genial dramaturgo, “Baco polaco o Eurípides en la pampa profunda”, llegó a la cartelera porteña con la promesa de hacer lo que él sabe hacer mejor. Agarrar un mito clásico, revolverlo con la tierra argentina y servir un plato que es, al mismo tiempo, profundamente nuestro y universalmente humano. Las funciones son de jueves a domingo a las 20hs, en el Teatro Sarmiento, Av. Sarmiento 2715, CABA.
Lo que Kartun propone es simple en apariencia, pero complejo en ejecución. Tomar “Las bacantes de Eurípides”, esa tragedia griega de 2.500 años que habla del deseo, el poder y la represión y plantarla en medio de la pampa profunda de los años treinta. El resultado no es una traducción ni una adaptación convencional. Es, como él mismo lo define, un pastiche. Un esperpento. Una deformación consciente que dialoga con el original pero habla de nosotros, de nuestra historia, de nuestras violencias.
La gestación de un mundo propio
Una obra que su autor viene trabajando desde hace casi dos décadas, puliéndola con la paciencia de quien sabe que ciertos textos necesitan madurar como el vino. Y se nota: cada palabra parece medida, cada frase tiene ritmo, cada diálogo construye un universo verbal que suena a poesía aunque esté escrito en prosa. La decisión de montar la obra con egresados de la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático) no es casual. Kartun fundó allí la carrera de Dramaturgia y dio clases durante más de veinte años. Y todo funciona como un reconocimiento al talento que se forma en las aulas donde él mismo sembró ideas.
Pero hay algo más profundo en juego. Esta pieza dialoga con nuestro presente desde un pasado que parece lejano pero no lo es tanto. Ya que habla de poder, de deseo reprimido, de fiesta como acto de rebeldía. Y lo hace con una crudeza que incomoda porque reconocemos en esa pampa de los años treinta las mismas tensiones que atraviesan nuestra realidad como la lucha de clases, el machismo violento, la posibilidad o imposibilidad de ser libre.

Una historia de discos, deseo y tragedia
En el centro de todo está Reina Esther, la virgen vitrolera. Hija de una prostituta polaca que la protegió dentro del burdel haciéndola música en lugar de mercancía, esta joven recorre los pueblos perdidos de la llanura con una victrola, ocho discos de pasta y la promesa de vender felicidad a diez centavos. Una DJ mitológica, le dicen. Y donde ella llega, nace la fiesta. La bacanal. La gran orgía gaucha.
La acompaña su hermana Sarita, inseparable. El señor Silenio, empresario borracho que anima el espectáculo. Y Dionisio. Sí, el dios. Pero este Dionisio no es el que conocemos de la mitología: acá es un peón «opa», un tonto enamorado que sigue a Reina Esther como mascota fiel. Lo que el público sabe, y los personajes ignoran, es que ese idiota es también narrador omnisciente, autor de lo que sucede.
La troupe llega a un pueblo en pleno carnaval. Penteo, heredero de todo lo visible, niño bien y futuro patrón, se obsesiona con Reina Esther. Ella es virgen de sexo y virtud. Él es hijo del poder y no conoce el no. Ahí explota todo. Porque esta no es la historia del Penteo griego que quiere espiar a las bacantes para entenderlas. Este Penteo argentino encarna la barbarie del patriarcado, la violencia del que todo lo posee y quiere poseer también los cuerpos, disciplinar los deseos, sofocar la fiesta.
La máquina escénica
La puesta respira tradición y vanguardia a la vez. La escenografía de Rodrigo González Garillo, una fachada de galpón, piedras enormes que crean niveles, construye ese espacio ambiguo donde lo real y lo mítico conviven. La iluminación de Agnese Lozupone, juega con el presagio, momentos de penumbra, estallidos de color que anticipan la catástrofe.
El elenco hace un trabajo físico y vocal que no perdona. Aníbal Gulluni y Nahuel Monasterio brillan en sus roles opuestos y complementarios. El primeroi arma un Dionisio que es peón, idiota, dios: el poder plebeyo del deseo que termina desatando el frenesí. El segundo construye un Penteo altivo, cruel, el heredero que no se conforma con la tierra y necesita controlar también la carne. Entre ambos se juega el nudo dramático.
Paloma Zaremba compone una Reina Esther extraña, magnética. Soledad Bautista sostiene a Sarita con precisión. José Mehrez crea un Silenio ebrio pero lúcido. Luciana Dulitzky encarna a Ágave, la madre que guarda luto pero también deseo. El conjunto funciona como un coro antiguo y una murga criolla: música, coreografía, texto rítmico que hipnotiza.

La fiesta como peligro
“Baco polaco o Eurípides en la pampa profunda”, habla del carnaval como momento límite, ese instante donde las normas se suspenden, las máscaras permiten ser otro, las clases se mezclan. Pero también muestra lo que pasa cuando el poder no tolera esa suspensión. Penteo no quiere regular la fiesta, sino que quiere destruirla. Y al hacerlo, desata una tragedia que volverá sobre su propio cuerpo.
Kartun reconstruye una genealogía del mal. Busca entender por qué un varón se vuelve salvaje, violento. Lo mezcla con el mundo rural, los chanchos, la posesión del vino. Y encuentra en el mito griego una estructura perfecta para hablar de la horda primitiva freudiana, del deseo reprimido, de la violencia que estalla cuando el orden se impone sobre el goce. Una obra totalmente recomendable.
A no perderse la última función el 23 de noviembre.

