
La changuita, risas y reflexión
Hay obras que te hacen reír. Otras que te incomodan. Y después están las que hacen las dos cosas al mismo tiempo, con la yapa de también reflexionar: “La Changuita” es de ésas. Alejandro Lifschitz plasma sobre el escenario una comedia dramática que duele, pica, señala con el dedo. Una obra sobre la crisis, sobre la viveza criolla, sobre cómo nos vendemos cuando el hambre aprieta. Un carrito de choripanes en la Costanera Sur como último bastión de una identidad que ya no existe o que, peor aún, existe solo para turistas con ganas de selfies. Las funciones son los viernes a las 20:30, en el Fandango Teatro, Luis Viale 108, CABA.
Lifschitz construye esta historia en un momento preciso: el nuestro. Ese presente angustiante donde la industria se paraliza, donde el rebusque es ley, donde te disfrazás de vos mismo para ver si alguien te compra. La obra funciona como radiografía social, lo interesante es que Lifschitz no romantiza nada. No hay épica del laburante, no hay gloria en la resistencia. Hay cansancio. Hay bronca callada. Hay gente que se levanta todos los días a sostener un puesto que casi no vende, a simular que todo está bien cuando el país se cae a pedazos.
La historia es simple pero filosa. Una pareja de mediana edad (Javier Barceló y Graciana De Lamadrid) intenta salvar su puesto de choripanes. Con ellos está el padre de ella (Aníbal Tamburri), un tipo enfermo que arrastra su tubo de oxígeno como quien arrastra toda una historia de derrotas. Ese tubo, por cierto, no es decorado: es metáfora pura. Una Argentina que respira porque la mantienen con vida, pero apenas.
El conflicto explota cuando aparece un turista yanqui (el propio Lifschitz en escena). El tipo viene con la típica fascinación del primer mundo por «lo auténtico», con ganas de transmitir todo en vivo, de hacer contenido viral. Y acá la obra se vuelve brutal, ya que sus personajes, salvo uno, bailan. Se adaptan a la situación. Exageran sus gestos, inflan su argentinidad, se convierten en caricatura de sí mismos. Todo por la promesa de unos mangos.

Actuación y técnica: cuerpos que hablan
Las actuaciones son brillantes, hay que decirlo. Barceló y De Lamadrid construyen personajes que podrían ser grotescos pero nunca pierden humanidad. Cada gesto tiene peso, cada silencio cuenta. Y Tamburri… bueno, Tamburri es el corazón ético de la obra. Su personaje como el abuelo poeta del oeste, indócil, sin filtro, es el único que se niega a venderse. El único que no performa. Y su resistencia, incómoda y feroz, es también la nuestra.
La escenografía de Walter Maser es clave, ya que los actores están de espaldas al público, atendiendo por la ventana del carrito. Esa decisión —aparentemente simple— lo cambia todo. El espectador queda afuera, marginal, voyeurista. Como el turista que mira desde su pantalla. Como todos nosotros cuando consumimos «lo popular» sin mancharnos las manos.
Lifschitz en el rol del extranjero es incómodo (en el buen sentido). Su yankee deseoso de pertenecer, de capturar, de viralizar, es el espejo de una época donde todo se convierte en contenido. Donde la miseria es espectáculo y la identidad, mercancía.

El cierre que no cierra
La Changuita no ofrece respuestas. No hay final redentor ni esperanza fácil. Lo que hay es un retrato despiadado de lo que somos, un país que se disfraza de folklore para vender sus miserias al mejor postor. Un país donde la identidad nacional es una mercancía más en la vidriera. Porque al final del día, esta propuesta no es solo una obra de teatro. Es un espejo. Y como todo buen espejo, muestra lo que preferíamos no ver.
Pero también queda algo más: la resistencia del abuelo. Ese tipo que se niega a bailar, que prefiere asfixiarse antes que venderse. Y ahí, en esa pequeña insubordinación, late una pregunta que la obra nos deja: ¿todavía podemos elegir no vendernos? ¿O ya es tarde?

