sábado 13 de abril de 2024

El Conde, de Pablo Larraín, reimagina a Augusto Pinochet como un vampiro

El director, reconocido por retratar a los demonios de la dictadura militar en Chile, se sumerge en una narración surrealista donde el dictador es representado como un monstruo que se alimenta de los corazones de su pueblo.
El Conde, de Pablo Larraín, reimagina a Augusto Pinochet como un vampiro
El Conde quizás no sea la mejor pelìcula de Larraín, pero es una muy necesaria. Crédito: Netflix.

Nacido el 25 de noviembre de 1915, Augusto José Ramón Pinochet ascendió en las filas del ejército chileno y, al alcanzar el puesto de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, encabezó un golpe de estado en 1973 contra el presidente Salvador Allende. Este evento marcó el inicio de su régimen político y el comienzo de un período de represión que se extendió a lo largo de los siguientes 17 años. Sorprendentemente, logró evitar ser llevado ante la Justicia por los numerosos crímenes cometidos durante su mandato, y jamás dejó entrever el menor arrepentimiento por estos hasta su muerte en 2006. 

Esto es lo que dice la historia, sin embargo, Pablo Larraín, a través de una mirada surrealista, pone de manifiesto algo muy distinto. Para el cineasta chileno, Pinochet no está muerto. De hecho, es en gran medida un no-muerto: un vampiro de 250 años que fue convertido cuando era un soldado francés durante el reinado de Luis XVI. Escapó de la persecución y luchó contra las revoluciones en Haití, Rusia y Argelia antes de llegar a Chile en 1935. 

Tomando el título del apodo preferido de Pinochet –El Conde–, la fábula surrealista de Larraín se levanta como un vasto repositorio de expresiones: un cuento de terror conceptual, una sátira política oscura, un ajuste de cuentas en la forma más gótica y fantástica posible, y, en última instancia, una denuncia contundente que retrata a los fascistas y dictadores como verdaderos monstruos.

Sin embargo, ante todo, destaca la habilidad del cineasta para profundizar en la comprensión de los oscuros episodios que afectaron a su país cuando un individuo despiadado famélico de poder lo sometió a su voluntad corrupta. En su búsqueda de respuestas, la única conclusión lógica que emerge es que este individuo debía ser un depredador literal, un ser que succionó la esencia y la vitalidad de Chile desde más allá de sus fronteras. Esta metáfora grotesca se convierte en un poderoso medio para ilustrar la devastación causada por la avaricia y la corrupción, así como para tratar de comprender y poner en perspectiva los traumáticos eventos que afectaron a la nación vecina.

El Conde, de Pablo Larraín, reimagina a Augusto Pinochet como un vampiro
Jaime Vadell como Pinochet y Gloria Münchmeyer como Lucía, su esposa. Crédito: Netflix.

El fantasma de la dictadura presente en el arte 

La filmografía de Larraín está repleta de los fantasmas de la dictadura de Pinochet, su presencia es tangible en muchas de sus películas anteriores, desde el thriller Tony Manero (2008), el relato del referéndum chileno de 1980 No (2012),  hasta el drama sobre delincuentes recluidos, El Club (2015).  Pero esta es la primera vez que aborda de manera directa al dictador, reimaginándolo como un vampiro –que otra cosa podría ser un político hambriento de poder que se alimenta de la sangre de su pueblo–, proveyéndolo de colmillos y capacidad de volar mientras se alimenta de licuados de corazones. Quizás no sea su mejor película, pero era la que necesitaba contar y que las audiencias latinas necesitan ver.

Después de haber fingido su muerte y haberse retirado al campo con su esposa, Pinochet vive con una dieta saludable de licuados  de sangre y paseos nocturnos por el paisaje urbano. En inicio, se presenta como un joven de la Francia del siglo XVIII, que abandona a su Rey después de la Revolución, pero no antes de poder lamer la sangre de la guillotina que cortó la cabeza de María Antonieta, que, por cierto, roba.

Después de pasar a la clandestinidad durante algunos años, huye a Chile, país descrito irónicamente por el narrador de la película como «la tierra de los campesinos sin padre». El mismo narrador, cuya identidad la película revela con gran floritura cerca del final, también describe al propio Pinochet como «un proxeneta disfrazado de mafioso de una república bananera».

Siempre visionario –Larraín ha experimentado a menudo con relaciones de aspecto y formatos–, el cineasta ha diseñado El Conde casi como si fuera una película de terror dirigida por Andrei Tarkovsky. La sombra de Pinochet se cierne sobre su filmografía, y el hecho de que continúe examinando los efectos dominó de su gobierno fascista se vincula con los temas de monstruosidad de la película y la tendencia humana a sentirse impresionados por ella.

El Conde, de Pablo Larraín, reimagina a Augusto Pinochet como un vampiro
Alfredo Castro como Fyodor en El Conde. Crédito: Netflix.

El Conde satiriza la banalidad del mal

Su versión de Pinochet no es ni un viejo tonto ni una caricatura como el Hitler de Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019). Es, en cambio, un demonio astuto que no puede ser exorcizado del alma de su país, incluso si la Iglesia Católica hace de esto su prioridad. Esto forma una trama secundaria en la película, que también involucra a una monja llamada Sor Carmen.

Ella se presenta en el rancho de Pinochet como contadora, porque después de más de dos siglos de atroces crímenes contra la humanidad, él ha decidido que ya ha tenido suficiente y que debe empezar a poner sus asuntos en orden. El deber de Carmen no es simplemente realizar en secreto un exorcismo al vampiro, sino también entrevistar a sus cinco hijos adultos sobre dónde se esconden las riquezas que su padre robó de su país, las mismas riquezas que ellos están hambrientos de heredar.

Aunque algunas escenas demasiado cómicas no parecen encajar orgánicamente con la paleta que Larraín busca, es en ellas donde se constituye la mayor parte del segundo acto de la película, El Conde, contra todas las expectativas, se convierte en Knives Out (Rian Johnson, 2019), una aguda sátira de la riqueza heredada y la banalidad del mal.

Los efectos de los regímenes dictatoriales persisten mucho después de que los propios dictadores hayan fallecido o hayan sido borrados de la historia, dice la película. El trauma que la generación de Larraín heredó de los años de Pinochet, el trauma que él vuelve a enfrentar repetidamente a través de sus películas, es un recordatorio bastante aleccionador de lo que nos espera con el ascenso y la consolidación de la ultraderecha en varios puntos de Latinoamèrica. La película se encuentra disponible en Netflix

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