Sep 25, 2022 | Efemérides, Cultura

Se cumplen 50 años de la muerte de Alejandra Pizarnik, una poetisa vestida de cenizas

Este domingo se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de la escritora, hallada sin vida en su departamento de la calle Montevideo. Su impronta, rebelde y melancólica, la posiciona como una de las plumas más rupturistas del siglo XX.
Fuente Poesia de Mujeres Rocio Roig
“No quiero ir más que hasta el fondo”, decía el último verso que Pizarnik dejó en el pizarrón de su departamento. Crédito: Poesía de Mujeres.

“Yo no sé hablar como todos. Mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie”, le escribió Alejandra Pizarnik en una carta a su terapeuta. Allí le contaba de una nueva propuesta laboral que le habían ofrecido en París, ciudad en la que vivió durante un tiempo.

En la carta también se refería a la alegría y el entusiasmo que esta invitación le había provocado. Sin embargo, a lo largo del escrito reconoce que esa satisfacción no había sido genuina sino que, más bien, fue una excusa para “salvarse” y no escribir poemas.

Así, de a poco, se construyó la esencia de esa escritora que escribía libre, triste, a veces rebelde y a veces derrotada. Esa escritora insegura que desde chica había empezado a consumir anfetaminas porque no estaba conforme con su cuerpo. 

Atrevida, asustada y melancólica, Alejandra Pizarnik escribió tantas cartas como pudo; hoy son una herramienta fundamental -junto al resto de su obra- para conocerla en profundidad. Su impulso le puso tinta a sus emociones, pero también la agotó tanto que varias veces intentó quitarse la vida. “No tengo miedo de morir, tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva, tengo miedo del viento”, había escrito alguna vez.

Primeros años de Pizarnik

Su nombre completo era Flora Alejandra Pizarnik, aunque con el paso del tiempo pasó a firmar sus trabajos sólo con “Alejandra Pizarnik”. Había nacido el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Sus padres Elías Pizarnik y Rejzla (Rosa) Bromiker eran inmigrantes ucraniano-judíos que llegaron a la Argentina como consecuencia de la guerra.

Alejandra tenía también una hermana dos años mayor, Myriam, de quien se diferenciaba en varios aspectos; y con quien su madre la comparaba constantemente. Es que Myriam respondía al estereotipo de mujer de aquella época, mientras que Alejandra miraba con recelo esas imposiciones.

Luego de cursar el bachillerato, en 1954 la escritora ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Pero de la carrera de Filosofía, pasó a la de Periodismo, después a la de Letras e incluso participó dl taller del pintor Juan Batlle Planas. Finalmente, decidió abandonar todo y dedicarse a la escritura. Durante esos años, logró publicar sus primeros libros, pero fue a partir de las obras Árbol de Diana (1962); Los trabajos y las noches (1965); y Extracción de la piedra de la locura (1968) que Pizarnik encontró su impronta.

Fuente La Tinta Rocio Roig
A través de una de las cartas enviadas a su psicoanalista, Alejandra escribió: “Necesito hacer bellas mis fantasías, mis visiones. De lo contrario no podré vivir. Tengo que transformar, tengo que hacer visiones iluminadas de mis miserias y de mis imposibilidades”. Crédito: La Tinta.

El recorrido de Alejandra

Entre 1960 y 1964 la poetisa vivió en París. Allí trabajó para la revista Cuadernos; hizo traducciones y críticas literarias. Además, asistió a la prestigiosa Universidad de La Sorbona para estudiar Historia de la Religión y Literatura Francesa. También formó parte del comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles y de otras revistas, tanto europeas como latinoamericanas. 

Durante sus años en Francia, entabló una amistad con el escritor Julio Cortázar y con el poeta mexicano Octavio Paz. Sin embargo, ellos no fueron las únicas figuras sobresalientes con las que Pizarnik se vinculó. Silvina Ocampo; Aurora Bernárdez; Laure Bataillon; Ivonne Bordelois; Sylvia Moloy; Simone de Beauvoir; Oliverio Girondo; Enrique Molina; Juan Jacobo Bajarlía y Arturo Cuadrado formaron también parte de su círculo.

Pero el lugar preferencial en Alejandra era para la también escritora, Silvana Ocampo. Ocampo, quien era hermana menor de Victoria Ocampo y esposa de Adolfo Bioy Casares, se encontró decenas de veces siendo receptora de algunas de las cartas más encendidas firmadas por Pizarnik. El tono de las palabras escogidas para dirigirse hacia ella era tal, que se planteó la teoría de que ambas compartían una relación romántica. 

En una correspondencia, con fecha del 31 de enero de 1972, Alejandra escribió:

“Silvine, mi vida (en el sentido literal) le escribí a Adolfito para que nuestra amistad no se duerma. Me atreví a rogarle que te bese (poco: 5 o 6 veces) de mi parte y creo que se dio cuenta de que te amo SIN FONDO. A él lo amo pero es distinto, vos sabes ¿no? Además lo admiro y es tan dulce y aristocrático y simple. Pero no es vos, mon cher amour. Te dejo: me muero de fiebre y tengo frío. Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette mon amour, pronto te escribiré.”

Fuente Periodico de Poesia UNAM Rocio Roig
A 50 años de su muerte, esta semana la Biblioteca Nacional inauguró una muestra que homenajea a la poetisa. Crédito: UNAM.

El fin de la melancolía  

De regreso a Argentina publicó algunas de sus obras más destacadas. Además, recibió las becas Guggenheim (1969) y Fullbright (1971), ninguna de las cuales logró completar.

Durante sus últimos años, padeció serias crisis depresivas que la llevaron a reiterados intentos de suicidio. En 1970 quedó internada en el Hospital Pirovano, un centro psiquiátrico bonaerense, luego de sufrir una intoxicación con anfetaminas.El fin de semana que tuvo permiso para salir del hospital se dirigió a su departamento de la calle Montevideo. Sin embargo, la poetisa nunca más volvería al centro psiquiátrico. En la madrugada del 25 de septiembre de 1972, decidió provocar su propia muerte al ingerir cincuenta pastillas de secobarbital.  De esta forma, a sus 36 años de edad, Alejandra Pizarnik finalmente logró abandonar la forma física que tanto la aquejaba.

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