Dic 31, 2021 | Sociedad

“El Trotador”

Fue acusado de arrestar en 1981 a 49 hinchas de Nueva Chicago por cantar la marcha peronista y hacerlos trotar varias cuadras. En diciembre de 2001 asesinó a tres jóvenes en una estación de servicio de Floresta, Juan de Dios Velaztiqui, el suboficial de la Policía Federal al que sólo Crónica se animó a llamar por su nombre “El Trotador”.
El Trotador
Los tres jóvenes fusilados en la Masacre de Floresta. Cristian Gómez a la izquierda, Maximiliano Tasca en el centro y Adrián Matassa a la derecha. Créditos: Melisa Scarcella.

Maximiliano Tasca tenía 25 años cuando su cuerpo jovial fue atravesado por las balas de una Browning 9 milímetros a manos del suboficial de la Policía Federal, Juan de Dios Velaztiqui. Se había graduado de Licenciado en Relaciones Internacionales, soñaba con la paz, con sentar presidentes de distintos países y hacerles entender los beneficios de cómo sería vivir en un mundo sin violencia. Sin embargo, la madrugada del 29 de diciembre de 2001 no hubo tregua y esa misma violencia contra la que él se había propuesto luchar acabó con su vida.

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Silvia Irigaray, madre de Maximiliano Tasca. Actualmente es miembro y fundadora de la Asociación Civil Madres del Dolor y brinda charlas a policías en formación desde 2003. Créditos: Ana Conde.

La historia de Maximiliano Tasca

La vida de Maxi –como lo llamaban sus amigos– no fue nada sencilla. Tenía once años cuando una mañana se despertó con el lado derecho de su cuerpo paralizado. De inmediato fueron al hospital. Allí el diagnóstico fue devastador: tenía un tumor cerebral. Los médicos no le daban esperanzas de vida. «Como mucho, 20 días», decían. Silvia Irigaray, su madre, se quedó a su lado todo el tiempo como una madre que cuida de su pollito recién nacido.

“Es en uno de esos momentos en los que se busca el milagro”, escribió Silvia en «Huellas», un libro que conmemora la vida de Maxi.

Además, en su obra Silvia cuenta que por aquellos días una amiga de la familia llevó una foto de Maximiliano al Padre Mario Pantaleo, conocido por su labor sanadora. Allí el padre le dijo: «Tranquilos. Este niño no morirá. A media noche aparecerá el médico que salvará su vida». Finalmente, eso mismo ocurrió.

La noche en que Maxi estaba internado, un joven médico entró a la sala de terapia intensiva. No trabajaba en el lugar y de inmediato se excusó por la hora. “Les pido mil disculpas porque es muy tarde pero recién terminé una cirugía muy larga en el Hospital Garrahan y no quería dejar mi visita a Maximiliano para mañana”, cuenta en su libro.

Hasta acá no sabían ni el nombre del doctor. Más tarde lo sabrían: Roberto Jaimovich, el médico que transformó la desolación de la familia en esperanza, en un rayo de luz que alumbra los caminos más sinuosos de una madre a punto de perder a su tesoro más preciado: su hijo.

El día de la operación le cortaron el pelo. Luego le perforaron con un taladro cuatro puntos de la cabeza y usaron una sierra para cortar un cuadrado del cráneo para así poder extirpar el tumor. La intervención era compleja porque el tumor tenía un tamaño muy grande y estaba alojado en un sitio complicado. Sin embargo, resultó ser un éxito. Los meses siguientes fueron difíciles. Maxi debió transitar un largo periodo de rehabilitación, pero con el tiempo volvió a ser un niño sano, y toda su familia muy feliz.

La mañana del 28 de diciembre de 2001, el último día de su vida Maxi se despertó y desayunó como cada mañana con Silvia. Además de su vínculo de madre e hijo, trabajaban juntos vendiendo artículos de limpieza y como tantas otras veces se habían dividido los lugares a los que irían a ir a hacer las entregas. A la tarde volvieron a encontrarse y Maxi le pidió a Silvia que le practicasen un vendaje casero en su mano. El joven practicaba artes marciales y el día anterior se la había torcido en una clase de Sipalki, y aunque tenía mucho dolor no quería dejar de ir a ensayar percusión con su banda Los pecosos de Floresta.

“La tarde antes de ser fusilado Maxi se había puesto a practicar en el comedor del departamento. Saltaba y ensayaba los pasos como si estuviera en una murga, recuerdo que le dije: Maxi nos van a echar en cualquier momento. Un rato después nos abrazamos, nos besamos y nos despedimos para siempre”, dice Silvia.

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Angélica Van Eek, madre de Adrián Matassa. Créditos: Melisa Scarcella.

La historia de Adrián Matassa

Adrián Matassa tenía 23 años. Antes de ser atravesado por las balas de la Browning 9 milímetros era un joven feliz y lleno de vida. En todas las fotos que enseñan su rostro se lo ve sonriente, sus dientes blancos como perlas y sus ojos achinados son los únicos rastros que quedan de su vida como adolescente. Se había graduado con diploma de honor del secundario Mariano Moreno y antes de ser fusilado por Velaztiqui había comenzado a estudiar medicina.

El día que nació, su madre Angélica Van Eek y su padre Enrique Matassa lloraban en el hospital ante la alegría de tener en sus manos a su primer hijo varón. Lo habían buscado y esperado durante nueve largos años. Ya de niño su padre solía cuidarlo como su tesoro más preciado, lo despertaba, le preparaba la leche, lo sentaba en la cama, le ponía el pantalón, la camisa, una corbata y le lavaba la cara hasta dejarlo impecable como una joya que resplandece, sólo así después lo llevaba al colegio.

“Ese fue el trabajo de mi marido: vestir a Adrián toda la primaria. Uy, si me habré enojado por esas escenas de amor que mi marido le hacía. ¡Pero! – ¿Para qué me habré enojado, no?”, se cuestiona Angélica en un documental que conmemora la vida de los tres jóvenes.

La noche del 28 de diciembre de 2001, horas antes de ser asesinado, Adrián pasó por su casa en el barrio de Floresta. Una casa como cualquier otra de clase media trabajadora. Su fachada todavía resiste ante las nuevas construcciones de edificios que han ido alterando el paisaje urbano de lo que hace años era un barrio de casas bajas y ahora presenta una imagen un tanto más caótica, más desorganizada de algún modo. Aquella noche Adrián caminó tranquilo hasta la puerta de su casa, como quien lo hace sin saber que será la última vez. Dejó el auto de su papá estacionado en el garaje y se despidió de su madre que como tantas veces le dio un sermón.

“Quédate tranquila viejita, a los 30 te prometo que me pongo las pilas, pero mientras tanto déjame disfrutar la vida”, fueron las últimas palabras que le dijo Adrián.

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Elvira Torres, madre de Cristian Gómez. La misma también es miembro y fundadora de la Asociación Civil Madres del Dolor. Créditos: Ana Conde.

La historia de Cristian Gómez

Cristian Gómez tenía 25 años. En el barrio de Floresta le decían «El Gallego», era el más pequeño de la familia y el mimado de sus dos hermanas Graciela y Sonia. Antes de que las balas de la Browning 9 milímetros atravesaran su cuerpo había comenzado a estudiar, anhelaba ser profesor de Educación Física como su hermana Sonia. Sin embargo, la noche del 29 de diciembre de 2001 sus deseos comenzaban a desvanecerse.

Ya de adolescente se había vuelto fanático del grupo de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, razón por la que empezó a ensayar y a tocar la guitarra hasta conformar con sus compañeros de colegio un grupo llamado La Gaucha.

“Siempre nos decía, no vengan a verme papi que me pongo nervioso. Y yo le decía, qué te vas a poner nervioso hombre. A mí me gustaría verte y así algunas veces sin que él supiera iba a verlo”, contó su padre Ramón en el documental.

El 28 de diciembre de 2001, horas antes de ser asesinado a sangre fría había ido a comer un asado con un grupo de amigos. 

“Esa noche me acosté a dormir tranquila. Graciela y Sonia estaban durmiendo y sabía que Cristian estaba con amigos compartiendo una cena y supuse que estaba bien”, relató su madre Elvira Torres en el documental.

Habían pasado apenas nueve días de las protestas y cacerolazos en Plaza de Mayo bajo el lema “Que se vayan todos”. Por aquellos días, el país se había convertido en un lugar inhabitable: la deuda, los saqueos, 39 muertes, la caída del entonces presidente Fernando de la Rúa y la llegada de Adolfo Rodríguez Saá habían llevado al país a una crisis de representatividad y descontento social respecto de sus dirigentes, exigiendo la renuncia masiva de los gobernantes.

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La estación de servicio donde ocurrió el triple crimen. La misma está ubicada en Gaona y Bahía Blanca en el barrio de Floresta. Créditos: Por los cien barrios.

El desenlace de los hechos

La madrugada del 29 de diciembre de 2001 cayó sábado. Maximiliano Tasca, Adrián Matassa, Cristian Gómez y Enrique Díaz -un cuarto joven- se encontraron en la estación de servicio de Gaona y Bahía Blanca en el barrio de Floresta. Maxi y Cristian eran amigos desde la infancia, conocían a Adrián y a Enrique de los últimos tiempos. Los cuatro eran del barrio de Floresta e hinchas del Club Atlético All Boys. Ninguno tenía más de 25 años.

En la estación de servicio también estaba Pablo, el playero. Sandra, la encargada. Y el suboficial de la Policía Federal, Juan de Dios Velaztiqui de 62 años que tiempo antes había sido retirado por mal comportamiento y reincorporado después. El policía vestía un uniforme con su placa y llevaba una Browning 9 milímetros, número 4999, serie 001499, un arma reglamentaria que había recibido de “forma provisional”, por aquellos días pertenecía a la comisaría Nº 43 y estaba a cargo de la custodia del lugar.

Aquella madrugada el verano brotó en las calles mientras Maxi, Adrián, Cristian y Enrique compartían una cerveza en la estación de servicio donde había un televisor encendido, mesas, sillas, cigarrillos, cerveza, comida. Todo a su disposición, incluso la muerte. De pronto, el televisor mostró las imágenes de un policía golpeado por un manifestante en Plaza Mayo. “Está bien, por lo que ustedes hicieron la semana pasada”, dijo Maxi refiriéndose al 19 y 20 de diciembre cuando la policía había golpeado salvajemente a otros manifestantes en ese mismo lugar.

Fue en ese momento cuando devino la catástrofe. Velaztiqui desenfundó su arma y bajo el grito de ‘Basta’ asesinó de tres disparos a Maximiliano, Cristian y Adrián. El ataque fue por la espalda. Maxi y Cristian murieron en el acto. Adrián murió la mañana siguiente en el Hospital Álvarez. Enrique fue el único que alcanzó a correr y se salvó de milagro. Los testigos que lo vieron escapar cuentan que corrió con el vaso de cerveza aún en la mano.

Luego de fusilar a los tres jóvenes, Velaztiqui llamó a la comisaría Nº 43 a la que prestaba servicio y dijo que había matado a tres cacos. 

“Armó toda una teatralización de los hechos. Arrastró los cuerpos y les puso un cuchillo para simular un robo”, dice en el documental Diana Gagliano, periodista que cubrió el caso.

Silvia Irigaray, madre de Maximiliano todavía recuerda aquella noche cuando llegó a la estación de servicio ubicada a la vuelta del edificio donde vivía con sus hijos. Bajó de un auto, no recuerda el de quién ni cómo subió. Abrió el cordón policial con los brazos y vio que debajo de una lona negra asomaba la mano de su hijo. Esa misma mano a la que ella horas antes le había practicado el vendaje.

“Vi la mano. Ni siquiera levanté la lona. Había once metros de sangre, no pregunté quién lo había hecho. Escuché la voz de mi hijo que desde algún lado me decía: ‘Mami, acordate que soy donante de órganos’. Me vine a casa, tenía que cumplir con el último deseo de mi hijo. Caminé por el medio de la avenida Gaona, las luces de frente, las bocinas, los autos me esquivaban. Siempre sola, no quería que se me acercara nadie en ese momento. Llamé al Incucai y les dije que me ayudaran, que mi hijo estaba tirado, a la vuelta, muerto”, recuerda Silvia.

En cuestión de horas, el cuerpo jovial y lleno de vida de Maximiliano estaba vacío. Todos sus órganos habían sido donados a otras personas. “Al donar sus órganos sentí que se había convertido en un héroe, pudo brindarles a varias personas la oportunidad de mejorar la calidad de sus vidas”, reflexiona.

Unos días después de que fusilaran a Maximiliano sonó el teléfono en la casa de Silvia. La llamaban desde Canadá. Atendió y desde el otro lado una voz enojada casi gritando le dijo: – ¿Es verdad lo que leo?, – ¿Un policía le disparó en la cabeza a Maxi?, – ¿Un policía le disparó en la cabeza que yo operé para salvarle la vida?, cuenta Silvia en su libro. Ahogada en llanto solo atinó a responder que sí. No pudo seguir con la charla. Los dos comenzaron a llorar, Silvia desde Floresta y Jaimovich desde Canadá. Así cortaron el teléfono, llorando.

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Juan de Dios Velaztiqui, el primer policía de la Federal que recibió la pena máxima por un caso de gatillo fácil. Créditos: Por los cien barrios.

El dictamen

En febrero de 2003 inició el juicio por el fusilamiento de los tres jóvenes. El mismo duró un mes y contó con la presencia de cinco testigos. Uno de ellos fue el de Sandra Bravo, la encargada de la estación de servicio que había presenciado los hechos en primera persona.

“Yo lo insulté, le grité: Hijo de puta, por qué me mataste a los chicos si no te habían hecho nada”, declaró en una de las audiencias.

“El testimonio de Sandra fue clave. Es una de las cosas que más recuerdo porque con su testimonio inicial, a horas del hecho, logra frustrar toda posibilidad de que el triple crimen fuera presentado por Velaztiqui como un supuesto enfrentamiento”, comenta Carlos Rodríguez, otro de los periodistas que cubrió el caso.

El 10 de marzo del mismo año se celebró la sentencia. Aquella tarde, el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 13 porteño, conformado por los jueces Oscar Rawson Paz, Rodolfo Julio Urtubey y Pedro Benjamín Aquino condenó a Velaztiqui a prisión perpetua por «triple homicidio calificado por alevosía». Fue la primera vez que un policía de la Federal recibió la pena máxima por un caso de gatillo fácil. Sin embargo, en agosto de 2012 a sus 72 años el suboficial fue beneficiado con prisión domiciliaria por su estado de salud.  

“Desde 1983 hasta la actualidad registramos 1.681 casos de violencia institucional por parte de las fuerzas de seguridad. En nuestro archivo se constata que casi la mitad de las víctimas no llegaba a los 25 años y eran trabajadores o hijos de trabajadores”, comenta María del Carmen Verdú, abogada e integrante de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). 

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Material documental del diario Clarín sobre las detenciones a hinchas de Nueva Chicago en 1981 en las que participó Velaztiqui. Créditos: Fútbol Rebelde.

El historial violento de Velaztiqui

Velaztiqui había ingresado a la Policía Federal en septiembre de 1965. Su mala fama comenzó con una situación violenta de la que participó el 24 de octubre de 1981 en la cancha de Nueva Chicago. El equipo local iba ganando tres a cero frente a Defensores de Belgrano. Los hinchas comenzaron a festejar y junto al cántico de “dale campeón”, una parte del público comenzó a entonar la marcha peronista.

En aquellos tiempos de rigurosa veda política era algo imperdonable. Ese día 49 personas fueron detenidas y obligadas a trotar con las manos en la nuca hasta la sede de la Comisaría Nº 42, ubicada en la Avenida Lisandro de la Torre en el barrio de Mataderos. La orden había sido del jefe de ese momento, Juan de Dios Velaztiqui a quien el diario Crónica con su particular estilo bautizó como «El Trotador”.

En 1990 el suboficial había optado por el retiro voluntario luego de ser pasado a disponibilidad preventiva porque acumulaba denuncias y acusaciones por apremios ilegales y vejaciones.

“Siempre que hay una denuncia contra un policía, como primera medida la autoridad de la fuerza policial lo pasa a disponibilidad preventiva. Esto implica que el policía no puede disponer del uso del arma y no tiene función en la policía hasta que se resuelve la cuestión policial”, explica Carlos Rodríguez.

Su regreso a la acción

En febrero de 2001, diez meses antes de cometer el fusilamiento de los tres jóvenes fue autorizado a realizar servicios bajo el régimen de policía adicional. Y a pesar de su historial violento fue considerado «apto para la asignación de armamento». En ese momento le dieron la Browning 9 milímetros porque carecía de arma propia. Era su regreso a la acción después de once años. Su deseo implacable de violentar a jóvenes llenos de vida pasó una vez más inadvertido y nadie quiso evitarlo. Ni siquiera el juez Giúdice Bravo que en 1985 decidió absolver a Velaztiqui de los hechos cometidos contra los hinchas de Nueva Chicago.

Solo el diario Crónica se animó a llamarlo por su nombre, porque Juan de Dios Velaztiqui no era ni de Dios, ni policía. Era «El Trotador», el mismo que arrestó a los 49 hinchas de Nueva Chicago por cantar la marcha peronista y los hizo trotar con las manos en la nuca varias cuadras.

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