Caputo siempre al Fondo: Washington como destino, la deuda como horizonte

Luis Caputo viajó a Washington en la búsqueda de destrabar 1000 millones de dólares, pero la arquitectura del acuerdo con el FMI revela una dependencia más profunda: Argentina necesita conseguir más de US$ 1.250 millones por mes durante los próximos dos años para que el programa no se derrumbe.
Caputo
Luis Caputo, durante su exposición en AmCham Summit 2026, en Buenos Aires. Crédito: La Nación.

El martes a la noche, Luis Caputo subió a un avión en Buenos Aires. El destino era Washington. El pretexto, las Reuniones de Primavera del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, un evento anual que convoca a ministros, banqueros centrales y líderes globales. El foco del mundo esta semana estaba puesto en el conflicto de Medio Oriente y en la guerra comercial desatada por la administración Trump. El capítulo argentino, como siempre, iba por otro carril.

Con Caputo viajó el presidente del Banco Central, Santiago Bausili. La agenda oficial era extensa: reunión con la titular del FMI, Kristalina Georgieva; encuentros con el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga; con el jefe del BID, Ilan Goldfajn; y con el titular de la CAF, Sergio Díaz Granados.

También participación en el Comité Monetario y Financiero Internacional y en la reunión de Ministros del G20. Una maratón de saludos y negociaciones que el Gobierno presenta como técnica y promisoria.

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Pero hay un número que gravita sobre toda la gira y que en el Gobierno no describen con franqueza: US$ 11.000 millones. Esa es la brecha entre las reservas netas que Argentina acumuló y las que había prometido acumular cuando firmó el acuerdo vigente. No es un desvío técnico menor.

Es la magnitud de un incumplimiento que obliga al equipo económico a pedir, ante su principal acreedor, algo que en la jerga del Fondo se llama waiver: una dispensa formal.

Una manera educada de decir perdón.

El arte del waiver, o cómo negociar desde la debilidad

El waiver no es una novedad en la historia argentina con el FMI. Es, más bien, una constante. Y su lógica política es tan relevante como su contenido técnico: cada vez que un país solicita una dispensa, refuerza la asimetría entre acreedor y deudor, consolida la supervisión externa sobre la política económica interna y reduce los márgenes de maniobra futuros.

El desembolso de US$ 1.000 millones que el equipo económico busca destrabar en Washington depende del cierre de la segunda revisión del acuerdo y del cumplimiento de las metas del primer trimestre: acumulación de reservas netas y superávit fiscal. Sobre la segunda variable, el Gobierno tiene argumentos para exhibir.

En 2025 Argentina registró un superávit primario del 1,4% del PBI, por encima del 1,3% pactado. Pero al incluir el pago de intereses de deuda, ese excedente se reduce a apenas 0,2% del producto. El margen existe, pero es fino.

Sobre las reservas, en cambio, el argumento es más difícil de construir. De ahí el waiver. Y de ahí, también, la pregunta que Washington formulará con distintos grados de cortesía: si Argentina no pudo acumular reservas en el período anterior, ¿cómo piensa hacerlo en los que vienen?

US$ 1.250 millones por mes: el piso de supervivencia con el Fondo

La delegación argentina no solo debe convencer al FMI de que merece el desembolso inmediato. También debe presentar un plan creíble para captar un promedio de US$ 1.250 millones mensuales hasta 2027.

Ese es el ritmo de financiamiento externo que el esquema de pagos del acuerdo exige para sostenerse. No es una meta deseable: es el piso de supervivencia del programa.

El riesgo país oscila en torno a los 550 puntos básicos, una mejora respecto de los picos de la crisis, pero todavía una señal de que el acceso al mercado voluntario de deuda tiene un costo elevado.

La estrategia oficial apuesta a diversificar las fuentes de dólares: reuniones con bancos de Wall Street, gestiones con organismos multilaterales para financiamiento de infraestructura, créditos bilaterales. Pero esa diversificación, por ahora, se da dentro del universo de la deuda.

No es ingreso genuino de divisas por exportaciones o inversión productiva: es endeudamiento con distintos rostros.

El FMI corrige sus números: menos crecimiento, más inflación

Un día antes de que Caputo aterrizara en Washington, el Fondo publicó su informe Perspectivas Económicas Globales (WEO). Las proyecciones para Argentina llegaron con correcciones que nadie en el Gobierno celebró en voz alta.

El organismo prevé que la expansión del PBI será del 3,5% en 2026, medio punto por debajo de la estimación anterior. La inflación, en tanto, quedó proyectada en 30,5% para este año: casi el doble del 16,5% que el propio Fondo había calculado apenas seis meses atrás. La desocupación también empeoró en las proyecciones: 7,2%, con un alza de 0,6 puntos.

Petya Koeva Brooks, integrante del equipo que elabora el WEO, atribuyó el deterioro a la caída de la economía argentina en el último tramo de 2025, período que coincidió con las turbulencias del proceso electoral. El FMI, que mira los números desde afuera, registró lo que la política generó desde adentro.

El Gobierno, por su parte, toma las proyecciones de crecimiento como un aval externo. Y algo de eso hay: el Fondo le augura a Argentina un desempeño mejor que el de Brasil (1,6%) o México (1,5%).

Pero el pronóstico es condicionado, no un certificado de solidez: el FMI le augura crecimiento en tanto y en cuanto mantenga el programa de austeridad. Y el crecimiento proyectado por el Fondo, 3,5%, es de todas formas inferior al 5% que el propio oficialismo incluyó en el Presupuesto Nacional.

El 3,4%: el dato que llegó mientras Caputo estaba por viajar

El lunes, mientras Caputo aún estaba en Buenos Aires, salió a decir que la inflación de marzo iba a superar el 3%. Lo dijo en la Bolsa de Comercio de Rosario, con tono de quien anticipa lo inevitable.

El martes, cuando ya estaba por partir a Washington, el INDEC le dio la razón: el índice de precios al consumidor de marzo llegó al 3,4% mensual, por encima de las estimaciones privadas que proyectaban entre 2,7% y 3,3%.

El propio ministro atribuyó la suba a un shock externo vinculado al petróleo, consecuencia del conflicto en Medio Oriente, y a la estacionalidad de marzo. Los combustibles explicaron, según la consultora Equilibra, la totalidad de la aceleración respecto de febrero.

Educación fue el rubro de mayor suba, con incrementos de entre 8,7% y 12%, asociados al inicio del ciclo lectivo y a los ajustes de cuotas de colegios privados. Vivienda y Transporte también aportaron.

Solo Alimentos y Bebidas mostró una moderación significativa, con una suba del 2,7%.

El 3,4% es el nivel más alto desde marzo de 2025, cuando el índice marcó 3,7% e inició un proceso de desaceleración que llevó la inflación hasta un piso del 1,5% en mayo de ese año. Desde junio de 2025, los precios volvieron a acelerarse.

El Gobierno sostiene que el dato de marzo es un episodio puntual y que la tendencia bajará en abril. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central prevé que la inflación cederá a 2,7% en abril y que recién en agosto regresará al 2% mensual.

Las correcciones del FMI, con su inflación proyectada al 30,5% para todo el año, se acercan a esas estimaciones. El organismo y las consultoras privadas confluyen en un diagnóstico que el Gobierno prefiere enmarcar como transitorio.

Una dependencia que no admite turbulencias

El contexto internacional que rodea las Reuniones de Primavera no es el más favorable. La tensión en Medio Oriente presiona los precios del petróleo. La guerra comercial de la administración Trump genera volatilidad en los mercados emergentes y encarece el financiamiento global.

Son variables sobre las que Argentina no tiene ningún control, pero de las que depende de manera crítica.

El FMI valora, según sus propias comunicaciones, la ruptura de la «inercia de estancamiento» que afectó a Argentina desde 2011. Es un reconocimiento real, aunque parcial.

Lo que el organismo no dice, y que la crónica de este viaje debería dejar en claro, es que el modelo que reemplazó a ese estancamiento descansa sobre un esquema de pagos exigente, reservas escasas y una necesidad de financiamiento externo que no admite ningún tropiezo durante los próximos dos años.

Caputo llegó a Washington a buscar mil millones de dólares. Los números del acuerdo indican que, si todo sale según lo planeado, tendrá que volver a buscarlos el mes siguiente. Y el otro. Y así, todos los meses, hasta 2027.

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