
La batalla cultural en torno a la memoria y a la juventud
La memoria no es una efeméride objetiva, más bien es un terreno de disputa. A pesar de los precursores del olvido, un estudio reciente arrojó que el 73,6% de nuestra sociedad considera importante seguir hablando de la dictadura. En ese sentido, un aspecto importante a discutir es qué significó, y qué nos dejó, la generación que fue diezmada por el terrorismo de Estado. Recordemos, como consignó el Nunca Más, que la enorme mayoría de las y los jóvenes desaparecidos por el terrorismo de Estado fueron jóvenes.
Sobre aquella juventud se dijeron muchas cosas. Fue juzgada por sus errores, por sus estrategias, por sus derrotas. En algunos relatos la redujeron a la violencia o a la tragedia. En otros, se la romantizó en una épica que, por momentos, la vuelve lejana, casi inalcanzable.
Pero existe una dimensión más profunda y menos discutida que atraviesa a esa generación y que sigue interpelando el presente: su vocación por lo colectivo, su compromiso con el otro, la creencia en el valor del “estamos juntos”.
Antes que una estética, una consigna o una identidad política específica, lo que caracterizó a buena parte de la juventud de los años setenta fue una forma de estar en el mundo. Una forma marcada por la solidaridad y la convicción de que la vida propia estaba indisolublemente ligada a la de otro. Para esa juventud, el camino individual no podía pensarse por fuera de un proyecto común.
Ese, quizás, sea su legado más potente. Y también el más incómodo para los Mileis de hoy, quienes por ello producen con desesperación “Memorias completas”, para seguir intentando horadar lo intachable. O los Galperin, quienes a toda costa buscan transformar a las y los jóvenes en consumidores endeudados con sus billeteras virtuales.

Sobre lo individual y lo colectivo
¿Qué distancia separa a aquella juventud de la actual? La pregunta se impone, pero no hay respuestas simples ni universales. Gracias al triunfo del neoliberalismo (hoy en su faceta libertaria) como ideología dominante, no existe actualmente una única juventud, sino múltiples experiencias atravesadas por desigualdades inéditas en nuestra historia, por la cultura de consumo y por una fragmentación que se expresa en todos los planos de la vida social.
Sin embargo, más allá de esa diversidad, hay un rasgo de época difícil de eludir: el individualismo salvaje, cuya semilla fundante fue plantada el 24 de marzo de 1976. La lógica individualista no solo organiza la economía, sino también los vínculos, las expectativas y los horizontes de vida. El éxito se mide en términos personales, la realización se vuelve un camino solitario y lo colectivo aparece, muchas veces, como un obstáculo más que como una potencia. Todo esto reforzado por el espejismo de las redes sociales. ¿A quién muestran más los algoritmos? ¿A las luchas colectivas o los logros individuales?
En ese contexto, la experiencia de la juventud de los años setenta se vuelve, a la vez, lejana e incómoda, se dificulta empatizar con ella. No porque haya que idealizarla ni desconocer sus errores, sino porque pone en evidencia hasta qué punto se ha debilitado una forma de concebir la vida en común.
Allí donde hoy predomina la fragmentación, aquella generación construyó organización. Donde hoy se impone la competencia, ellos ensayaron solidaridad. Donde hoy el futuro se percibe como incierto o individual, supieron pensarlo como un proyecto colectivo. Y esa diferencia no habla solo del pasado. Habla, sobre todo, de nosotros.

Una ética de la solidaridad
A 50 años del golpe, entonces, la pregunta no es solo qué hacer con el pasado, sino qué hacer con ese legado. Porque si algo dejó aquella generación no fue únicamente una historia de lucha, ni una épica congelada en el tiempo, sino una ética de lo posible. ¿Hay condiciones para reapropiarnos de ella?
Esa ética de la solidaridad hoy aparece erosionada y muchas veces ridiculizada. En un presente atravesado por la competencia permanente, por la lógica del “sálvese quien pueda” y por la mercantilización de todos los aspectos de la vida, recuperar esa dimensión no es un gesto nostálgico aparece como una necesidad.
No se trata de repetir estrategias ni de copiar formas de organización propias de otro tiempo. Tampoco de negar los errores ni de romantizar una experiencia atravesada por la violencia (considerada entonces necesaria) y la derrota. Se trata, más bien, de volver a poner en el centro una pregunta que aquella juventud se hacía de manera casi natural: ¿cómo construir un mundo mejor junto a los demás?
Tal vez ahí resida el punto más incómodo, y al mismo tiempo rico, de su herencia. Asumir que la vida propia está ligada a la de los demás implica ir a contramano de buena parte del sentido común dominante, pero también abre la posibilidad de imaginar algo distinto. La multitudinaria marcha del martes pasado es un indicio de ese potencial.
Si la dictadura buscó, entre otras cosas, destruir esos lazos, disciplinar a una sociedad a través del terror y clausurar la potencia de lo colectivo, entonces la memoria no puede limitarse al recuerdo del horror. Tiene que ser, también, la recuperación de aquello que se quiso borrar. Volver a hablar de ideales, fortalecernos con el combustible de la esperanza y la convicción de que luchar sirve. No para mirar hacia atrás, sino para volver a proyectar un nosotros.

