
A simple vista, puede parecer solo una telaraña más. Sin embargo, la red que fabrica la llamada “araña lanzadora de telas” escondió una propiedad sorprendente que es capaz de estirarse mucho sin romperse y, al mismo tiempo, volverse más resistente con el uso.
Por lo tanto, ese comportamiento que no se había registrado en ninguna otra especie, fue descripto por un equipo internacional de científicos entre los que participó el investigador del CONICET, Martín Ramírez.
El estudio se publicó en PNAS, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, y se centró en una especie llamada Asianopis subrufa que vive en Australia y Nueva Zelanda. Lo novedoso no fue solo la resistencia del material, sino la forma en que la araña logró combinar elasticidad y firmeza en los hilos que sostienen su telaraña.
Según explicaron los investigadores, los llamados “radios”, los hilos que soportan la parte pegajosa de la red empezaron siendo muy elásticos y se reforzaron a medida que se estiraron. Esto ocurrió gracias a una estructura interna particular mediante un núcleo blando, formado por fibras gruesas, recubierto por una capa de fibras más rígidas que se plegaron en forma de bucles.
Lo más llamativo fue que la araña controló ese proceso mientras producía la tela. A través de movimientos repetidos con las patas traseras, reguló cuán elástico sería cada hilo. En ese sentido, cuantos más estiramientos y relajaciones aplicaron, más flexible quedó la fibra. Sin embargo, ese efecto no fue permanente ya que, cuando la tensión desapareció, el hilo volvió a su forma original.
Para Ramírez, este comportamiento convirtió a Asianopis subrufa en un caso único dentro del mundo de las arañas. Hasta ahora, ninguna otra especie había mostrado la capacidad de fabricar fibras compuestas con una elasticidad reversible tan marcada.
El hallazgo no quedó solo en la curiosidad biológica. Los científicos también señalaron que este mecanismo podría imitarse en materiales artificiales, lo que abriría la puerta al desarrollo de productos más resistentes y flexibles. Desde suturas quirúrgicas y ligamentos artificiales hasta telas técnicas, paracaídas o materiales para la construcción, las posibles aplicaciones fueron tan variadas como prometedoras.
Detrás de esta telaraña hubo también una araña con hábitos poco comunes. Asianopis subrufa fue una cazadora nocturna, con ojos muy sensibles a la oscuridad y patas largas que le permitieron manipular su red en pleno ataque. En lugar de esperar pasivamente a que la presa cayera, sostuvo la tela entre sus patas y la lanzó sobre insectos que caminaban o volaban cerca.
En ese contexto, la elasticidad de los radios resultó clave. Las maniobras rápidas y precisas que realizó durante la caza exigieron una telaraña capaz de estirarse, resistir impactos y recuperar su forma sin romperse.
La investigación reunió a equipos de Alemania, Australia y Argentina, y combinó estudios microscópicos, mediciones físicas y registros en video de alta velocidad. Parte de ese trabajo quedó reflejado en una imagen tomada por Ramírez con un microscopio electrónico, que ganó un premio internacional de fotografía científica otorgado por la Royal Society del Reino Unido.

