
La levodopa fue durante décadas la principal aliada para mejorar la calidad de vida de las personas con Parkinson. Sin embargo, una investigación reciente reveló que su acción no se limita a suplir la falta de dopamina ya que también alteró la estructura interna de las neuronas.
El Parkinson fue definido como una enfermedad neurodegenerativa crónica que afectó principalmente el control del movimiento. En ese marco, síntomas como los temblores, la rigidez muscular, la lentitud motora y las dificultades posturales conformaron un cuadro clínico asociado a la muerte progresiva de las neuronas productoras de dopamina, un neurotransmisor clave para múltiples funciones cerebrales.
En ese contexto, la levodopa (L-Dopa) se consolidó desde fines del siglo XX como el tratamiento más eficaz para aliviar los síntomas motores. Durante años, la administración de L-Dopa permitió que miles de pacientes recuperaran habilidades que parecían perdidas.
Sin embargo, con el uso prolongado comenzaron a manifestarse efectos secundarios como disquinesias, fluctuaciones en la respuesta al fármaco y alteraciones cognitivas. Por lo cual, comprender las causas de esas complicaciones se volvió un desafío central para la investigación científica.

Estudios en terapias para el Parkinson.
A la izquierda, neuronas normales. A la derecha, neuronas modificadas con L-Dopa.
Un equipo del CONICET, con base en el Centro de Investigaciones en Química Biológica de Córdoba (CIQUIBIC), junto a investigadores de la Universidad Grenoble Alpes, avanzó en esa dirección. El trabajo reveló que la L-Dopa no solo actuó como precursora de dopamina, sino que también interactuó con los microtúbulos, componentes esenciales del esqueleto interno de las neuronas.
Estos microtúbulos funcionaron como vías de transporte intracelular y resultaron fundamentales para mantener la comunicación entre neuronas. Los ensayos mostraron que, al incorporarse la L-Dopa en su estructura, estos “rieles” perdieron dinamismo y dejaron de ingresar correctamente a las espinas dendríticas, pequeñas prolongaciones donde se establecen las sinapsis.
Como consecuencia, las neuronas comenzaron a perder espinas dendríticas, un proceso que debilitó la comunicación neuronal. Según explicó el investigador del CONICET Gastón Bisig, esta inestabilidad sináptica podría estar vinculada a los efectos adversos que aparecieron tras años de tratamiento continuo con L-Dopa.
El trabajo en las terapias para el tratamiento del Parkinson
En relación con lo mencionado, el equipo trabajó con cultivos primarios de neuronas de ratón que fueron tratados con el fármaco bajo condiciones controladas. A partir de ese abordaje, y mediante el uso de microscopía de alta resolución y marcadores fluorescentes, los investigadores analizaron en tiempo real los cambios estructurales y la dinámica interna de las células.
Además, utilizaron neuronas modificadas genéticamente que impedían la incorporación de L-Dopa a los microtúbulos, lo que permitió confirmar que los efectos negativos solo se produjeron cuando esa integración ocurrió.
Los investigadores complementaron estos ensayos con estudios bioquímicos en sistemas artificiales, donde observaron que, una vez incorporada, la L-Dopa no pudo ser removida por las enzimas celulares. Este dato sugirió que las alteraciones estructurales podrían persistir en el tiempo.
Agustina Zorginotti, primera autora del trabajo, destacó que estos resultados no pusieron en duda la importancia de la L-Dopa como tratamiento, pero sí abrieron interrogantes sobre su uso prolongado. La posibilidad de que el fármaco modifique de manera estable la arquitectura neuronal aportó una explicación estructural a complicaciones clínicas observadas desde hace años.
En esa línea, el estudio planteó la necesidad de pensar estrategias terapéuticas complementarias que protejan los microtúbulos o eviten la incorporación de L-Dopa en ellos.
El objetivo sería preservar la plasticidad sináptica y reducir la vulnerabilidad neuronal sin abandonar un medicamento clave. El trabajo fue el resultado de una articulación sostenida entre equipos de Argentina y Francia.
En ese sentido, el grupo del CIQUIBIC aportó su experiencia en cultivos neuronales y estudios in vitro, el laboratorio francés sumó modelos animales y análisis especializados en dinámica sináptica.
Más allá de los resultados, Zorginotti subrayó el valor del trabajo colectivo en ciencia, desde la planificación experimental hasta la escritura del artículo y las revisiones. Un proceso silencioso pero fundamental que, en este caso, permitió iluminar un aspecto poco explorado del tratamiento más utilizado contra el Parkinson.

