jueves 23 de mayo de 2024

Putas, guerrilleras y traidoras. La guerra sin fin: la vivencia de ser mujer en un centro clandestino

Miriam Lewin, periodista y exmilitante que estuvo detenida en dos centros clandestinos durante la dictadura, vuelve a poner sobre la mesa el oscuro capítulo de la violencia sexual en campos de concentración. En una conversación con Nota al pie, Lewin abordó el concepto de abuso sexual en contexto de conflicto, explorando su experiencia y arrojando luz sobre la situación política actual.
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Lewin fue secuestrada cuando era militante. A posteriori se dedicó a investigar y escribir sobre su experiencia. En esta nota, abordó esos hechos y habló de la situación actual electoral del país. Créditos: Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos

Miriam Lewin fue una figura fundamental en el proceso de Memoria, Verdad y Justicia. Testificó en el Juicio a las Juntas y se dedicó a reconstruir su historia y la de muches otres a través del periodismo de investigación. Su juventud en la izquierda peronista la llevó a ser detenida en el centro clandestino de detención Virrey Cevallos y en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

En 2014, junto a Olga Wornat, publicó el libro «Putas y Guerrilleras«, donde abordaron los crímenes sexuales en los campos de concentración, destacando por qué estos delitos fueron desestimados, a veces incluso por las propias víctimas, estigmatizadas y condenadas al silencio. 

La naturalización de la violación, el estigma que pesa sobre las sobrevivientes, el doble castigo por ser militantes y mujeres, y el peligro de la inminente avanzada del discurso negacionista, fueron algunos de los puntos acerca de los que charlamos con ella. 

El castigo por ser mujer: restaurante o fusilamiento

Una vez, Mirtha Legrand hizo un programa especial por el aniversario del Golpe de Estado e invitó a Miriam Lewin. La diva de los almuerzos no dudó en preguntarle si era cierto que ella salía a cenar con el Tigre Acosta, el jefe de la ESMA. 

“Nos sacaban a cenar, sí. No salíamos por nuestros propios medios. No sabíamos si nuestro destino iba a ser un restaurante o el fusilamiento. Éramos prisioneras, no podíamos negarnos”, le respondió Miriam entonces. 

Por aquellos días, la sociedad parecía no comprender que las prisioneras vivían bajo amenaza de muerte en los centros clandestinos y que el dominio de los represores sobre ellas era absoluto. 

Algunas habían perdido recientemente a sus maridos y a sus hijos, otras estaban embarazadas y ninguna sabía cuál sería su destino al salir: si un restaurante o el fusilamiento. Pero sí sabían que ser mujer tenía una carga extra.  

“Nosotras sabíamos que, si nos agarraban, íbamos a ser un objeto para ellos y la violación era inevitable. Era lo que nos tocaba por ser mujeres”, dice Miriam. Las mujeres eran llevadas a los campos de concentración y podían anticipar lo que las esperaba. 

La idea de una mujer desnuda y estaqueada a merced de un grupo de hombres parecía natural. Ellas, las prisioneras, perdían toda voluntad y libre albedrío porque desobedecer era un pase directo y rápido a la muerte. En algunos casos, cuando ese destino ya estaba sellado, solo se retrasaba. 

“La lógica del centro clandestino es distinta a la de una cárcel formal, -dice Miriam-. Si se acercaba algún represor y te ofrecía un beneficio, mejor comida, abrigo, si te habilitaban llamar a tu familia para que supieran donde estabas o para que sepas de tus hijos, quizás te podía costar que se genere alguna situación en la que te presionaban para tener sexo y si habías aceptado los regalos, vos sentías que ahí habías dado tu consentimiento”, afirmó. 

“Incluso cuando las mujeres eran “liberadas” y estaban en las casas de sus familiares, algunos represores las visitaban y las forzaban a tener relaciones. En ese caso, todo el país era un campo de concentración. De manera que, si una mujer, estaba esperando el pasaporte para salir del país con su hijito y la visitaba un represor, era obvio que ella no iba a poner en riesgo su vida y la de su hijo, iba a ceder”, agregó a su relato.

Muchas mujeres sobrevivientes de los delitos de la dictadura, que fueron abusadas sexualmente por sus captores, aún hoy no lo denunciaron públicamente. “Existe la fantasía de que había espacio para decir que no, y que no lo hicieron”, comentó Lewin. 

“Pero no existe posibilidad alguna de que haya consentimiento en esas condiciones, donde toda nuestra subjetividad y derechos estaban arrasados”. “Aunque la víctima dijera ‘yo consentí’, ‘yo lo amaba’, nunca se puede hablar de consentimiento porque para eso tenía que haber libertad, y eso no existía”, agregó.

Existe la idea generalizada de que la forma, quizás, más corriente de sufrir una violación es ir caminando por la calle, ser abordada por un desconocido, y forzada con la utilización de un arma como amenaza. 

Aún hoy cuando una mujer denuncia una violación en una comisaría, le piden que muestre las marcas que muestran que intentó resistirse. “Quieren que pongas en peligro tu vida para defender tu sexo”, reflexiona Miriam.

Inés Hercovich, socióloga, investigó acerca de las víctimas de violación sexual, y entendió que la mayoría de ellas decían que, al momento de ser violadas, optaban por quedarse quietas, esperando que pasara lo más rápido posible con el propósito de evitar que las maten. 

La experiencia indica que las mujeres, para sobrevivir, pueden no oponer resistencia.  A la mujer se le exige heroicidad para defenderse de una agresión sexual, si no puede demostrar que se resistió al abuso, entonces no hubo violación. 

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El libro de Miriam Lewin y Orga Wornat ofrece una nueva mirada sobre los crímenes sexuales en los centros clandestinos. Créditos: Puerto Libro

Putas y guerrilleras

El libro de Lewin y Wornat fue publicado en el 2014, previo al estallido del Ni Una Menos y la Ola Feminista, y causó un revuelo porque los delitos sexuales era algo de lo que no se había hablado como un concepto separado del resto de las torturas perpetuadas por los militares y grupos de tareas.

El tema pretendía ocultarse: el objetivo, por parte de los represores, era obvio: no agrandar sus penas. Sin embargo, existía otra pata que también quería meter el asunto bajo la alfombra: las mujeres que no estaban dispuestas a denunciar a sus violadores. Simplemente, preferían que el tema no trascendiera, que no se hablara de eso. 

Marta Candeloro fue abusada en La Cueva, el centro clandestino de detención situado en Mar del Plata y tardó 25 años en denunciar a su violador porque temía que los titulares de los diarios de su ciudad anunciaran “Violaron a la mujer del doctor Candeloro”. Se trataba, para ella, de un “hecho privado”.

“Yo creo que muchas de ellas no lo habían procesado o no podían entender que nosotras habíamos sido nada más que las víctimas, que no podíamos elegir”, asume Miriam. “Cuando pasó lo de Quica, una compañera preguntó ‘¿con qué necesidad?’, como si eso amancillara la imagen heroica que teníamos de Quica. Y para mí esa imagen aumentó”, agregó.

Sara (Quica) Osatinsky tuvo dos hijos y un marido. Los tres fueron asesinados por los militares y ella fue secuestrada y torturada y se convirtió en una figura materna para los detenidos de la ESMA. 

Años después se fue a Suiza a trabajar, colaborando con refugiados, y volvió a Argentina con 75 años a denunciar por abuso sexual al prefecto Héctor Febres, sin consultarlo con nadie. Su denuncia afectó a las ex cautivas que se habían apoyado en ellas, las que la veían como una madre. Para ese entonces, su violador, ya se había suicidado. 

Los hijos y la edad también eran factores que influían en la decisión de no hablar sobre los abusos. “A cierta edad te importa lo que puedan pensar de vos y tu sexualidad. Hoy ya somos mujeres grandes, tenemos más de 65 años, ese pudor ya no existe, se diluyó el miedo a que nos trataran de putas”, afirmó Miriam.

Además, comentó que el nombre del libro se debe a la forma en que los represores las llamaban, pero también al miedo que provocaba que este mote penda sobre sus cabezas si sus propios compañeros de militancia se enteraban de sus vínculos (forzados) con los militares. 

Miriam afirmó que, para escribir el libro, le sirvió la experiencia de haber entrevistado a víctimas de abuso sexual infantil, porque la estrategia “es la misma”: “se identifica una víctima débil, se la privilegio y, una vez que está aislada y demonizada por sus pares, porque es la favorita del abusador, entonces en esa situación de vulnerabilidad potenciada, el agresor concreta el delito”.

Se crea en la mente abusada de la víctima la falsa idea de que fue ella quien permitió el abuso por aceptar esos privilegios. “En un centro clandestino de detención, el privilegio puede ser que te dejen torturar”, explicó Levin.

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Milei y Villarruel sostienen una postura de negación hacia la dictadura y la cifra de Desaparecides. Créditos: Maria Caucia NAP

¿Qué van a pensar de nosotras?

En el libro, las autoras explican que el dilema en el que se debate la mujer militante capturada es ser puta o traidora. “Si cede su sexo, se convierte en puta. Si da información, en traidora. Se trata de una pesada doble carga, que no es la misma que atraviesa el varón secuestrado y torturado”, escriben. 

El tema siempre fue tabú. Se empezó a pensar como crimen de lesa humanidad a la violencia sexual en contexto de conflicto, cuando la Corte Internacional de La Haya los identificó así, refiriéndose a la ex Yugoslavia y a Ruanda

Poco después, en los juicios a los militares, los fiscales comenzaron a preguntarles a las víctimas si habían sido objeto o testigos de un abuso o violación. “Empezaron a brotar las denuncias como hongos, a lo largo y a lo ancho del país, una demostración más de que fue un plan sistemático”, comentó Miriam.

Aun así, algunas declinaron de instar a la acción legal. “Es una contradicción, -dice Miriam-, porque si se necesita la voluntad de la sobreviviente para instar la acción legal contra un violador, cuando se trata de un crimen contra la humanidad, y no contra la persona, hay algo que no funciona”. 

“No se deja a un pedófilo en libertad porque no haya voluntad de denunciar por parte de la familia, corres el riesgo de que lo vuelvan a hacer”. Y agregó “me resulta contradictorio que estos violadores vayan a la tumba sin haber sido condenados, sólo porque la víctima ‘no pudo’ denunciarlos”.

“Algo que fue un obstáculo para testimoniar fue el: “¿qué van a pensar de nosotras nuestra familia?” “¿qué van a pensar nuestros hijos?” sobre todo si eran varones, que iban a pensar los hombres que nos rodeaban. Ellos aceptaron que las mujeres hayan dado información por no aguantar la tortura, pero no pueden aceptar que hayamos tenido sexo forzadas por nuestros captores”, contó Miriam.

Por eso, afirmó “las sobrevivientes estábamos siempre con la etiqueta de putas y traidoras. Traidoras porque quizás habíamos colaborado dando información y habíamos sobrevivido, y otras putas porque si habíamos sobrevivido era porque habíamos tenido sexo voluntariamente con nuestros captores”. 

El prólogo fue escrito por Rita Segato y allí explica el concepto de proxenetismo concentracionario: sucede cuando un represor le habilita el acceso carnal con una detenida a un prisionero que muestra buen comportamiento. Como si fuera un premio. 

En este sentido, Miriam comenta que el abuso sexual era sistemático: “el Tigre Acosta les indicaba expresamente a los represores que tenía bajo su mando que tuvieran relaciones sexuales con las prisioneras, porque era una forma de disciplinarnos”.

El violador, para Segato, es un “gran moralizador” y la violación era una sanción para las mujeres. “Era una manera de decirnos ‘vos, en lugar de elegir el camino de buena mujer (novia, esposa y madre) elegiste tomar las armas para defender un proyecto de país, entonces nosotros te disciplinamos de esta manera’, dice Miriam. 

Obligar a las prisioneras a mantener relaciones sexuales era una prueba de recuperación. Por otro lado, el libro explica que era un elemento que legitimaba a los violadores dentro de la fratría de machos represores y también era un mensaje desmoralizante y destructivo a los varones que estaban prisioneros y no podían evitar que violen a sus mujeres y compañeras. 

“Es como un triángulo: violaban para legitimarse como machos, para darle un mensaje a los hombres enemigos (“mira cómo me apropio del cuerpo de tu compañera”) y un escarmiento para nosotras, para volvernos a convertir en un objeto, como la mujer tradicional contra la que nosotras nos habíamos revelado”, afirmó la periodista en el texto.

Por otro lado, Miriam Lewin propone el ejercicio de pensar “si hubiese pasado con un varón, ¿Qué dirían? Si un varón hubiera aprovechado la atracción sexual que sentía hacia él, sería una guardiana, si hubieran estado regentados por represoras mujeres y él hubiera aprovechado para conseguir mejores condiciones de detención. Hubiese sido vitoreado por sus pares, no lo hubieran señalado, ni acusado de haberse prostituido, hubieran dicho “Mira, que pillo”.

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El Tigre Acosta, jefe de la Ex ESMA, manifestó su apoyo a Javier Milei. Créditos: El Diario Ar

El regreso del fantasma

“Para mí, como sobreviviente es muy desestabilizante emocionalmente. Revive la sensación de vivir en una sociedad donde vamos a empezar a tener miedo de hablar. Hoy en día podés hablar de (Sergio) Massa, de Milei, de tus ideas políticas y no corres ningún peligro, en aquella época solo por hablar podían secuestrarte”, afirmó Miriam ante la consulta de la situación actual. 

De cara al ballotage que se llevará este domingo, el apoyo con el que cuenta La Libertad Avanza no deja de sorprenderla. “El año pasado la juventud se lanzó masivamente a ver una película como Argentina 1985, y ahora votan a (Javier) Milei”. 

Para Miriam, una de las causas puede ser el ingreso a la conciencia política de nuevas generaciones para las que la dictadura ya es historia antigua. “Milei no es un candidato antisistema, es la expresión más salvaje del sistema. Los verdaderos anarquistas hablaban de libertad, del Estado y del patrón. Milei busca un empoderamiento total de los patrones y la eliminación de todos los derechos laborales”, lanza Miriam como un mensaje a la juventud que elige a Javier Milei.

Miriam insiste en que la apropiación del concepto de ‘libertad’ por parte de Milei es una farsa, y como prueba de ello recurre al hecho de que la encargada de seguridad y defensa va a ser Victoria Villarruel, aliada y reivindicadora de la dictadura, y que cuenta con el apoyo de represores que hoy en día están presos. 

La periodista dejó ver su preocupación con respecto a las amenazas viralizadas estos últimos días, donde se habla de ‘el Falcon verde’, en alusión al vehículo utilizado por los grupos de tareas para realizar secuestros y traslados. 

“Lo que pasa es que los discursos de estos tipos incitan a la violencia y para eso no es necesario ni siquiera legislar. Hay grupos que, alentados por la violencia verbal y simbólica que circula en las redes, pasan a la acción en la vida real, ya pasó los Copitos. No tiene nada que ver la libertad de expresión en esto”, expresó.

“Hay una forma que no se alinea con los valores democráticos y va en contra de cuestiones que ya parecían estar saldadas. Argentina tiene memoria y los genocidas fueron condenados en una enorme cantidad de juicios. La justicia ya se expidió, eso no se puede discutir. La democracia tiene aún muchas dudas, pero no es con Milei”, concluyó Miriam.

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