Dic 20, 2021 | Política

El día que el pueblo dijo basta

El 20 de diciembre del 2001 representa no solo el final del gobierno de De La Rúa sino, también, la expresión de un estallido social como consecuencia de años de neoliberalismo. En esta nota, una reconstrucción de ese día a 20 años del hecho.
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El helicóptero presidencial, que llevaba a Fernando De La Rua, quedó grabado para siempre en la memoria política argentina. Crédito: Télam.

Madrugada del 20 de diciembre del 2001. En el programa de Daniel Hadad, que se emitía por América a la medianoche, sonó el teléfono del conductor.

“Señores, perdón” interrumpió el periodista a sus compañeres de piso que acaloradamente discutían sobre la grave situación del país. “En estos momentos está renunciando Domingo Cavallo”.

Los aplausos, después de que Haddad anunciara la noticia, se escucharon por todo el estudio. Un festejo, casi a modo de desahogo, que de manera instantánea se extendió a varios puntos del país. En Plaza de Mayo, donde miles de personas se encontraban manifestándose a pesar del estado de sitio, por tan solo un momento la bronca popular se tradujo en alegría.

La dimisión de Cavallo representaba el fin de la persona que había marcado la vida económica del país por casi una década. Era la cara del ajuste, de la convertibilidad, del corralito. Respetado por los poderes económicos pero repudiado por el pueblo argentino, era uno de les máximes responsables de la debacle que se cristalizó en diciembre de 2001. Sin embargo, esa madrugada, su renuncia fue el preanuncio de un día que iba a quedar guardado en la memoria colectiva para siempre.

El inicio de la represión

“¡El pueblo, unido, jamás será vencido!” gritó al unísono una verdadera multitud en Plaza de Mayo frente a una Casa Rosada completamente vallada, rodeada por centenares de policías. El ruido de las cacerolas, los cánticos contra toda la dirigencia política, los carteles exigiendo la renuncia del Presidente y las banderas argentinas se entremezclaban en un ambiente que expresaba el enojo de un pueblo cansado de ser, sistemáticamente, la variable de ajuste.

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Las Madres de Plaza de Mayo, que realizaban su tradicional ronda de los jueves, fueron a exigir la aparición de las personas detenidas tras la brutalidad policial. Crédito: La Primera Piedra.

Llegadas las 2 de la mañana, mientras se oficializaba no solo la renuncia de Cavallo sino la de todo el gabinete, la policía empezó a reprimir. La orden, avalada por el marco legal de un estado de sitio que nadie obedeció, era despejar la plaza.

Los gases lacrimógenos ocuparon el aire, los ruidos de los disparos ensordecian, la sangre de les herides cubrieron el suelo y las detenciones se veían a cada cuadra: había comenzado una cacería por parte de las fuerzas de seguridad que prosiguió durante horas de la madrugada.

La violencia contra las Madres

“¡Ojo con lo que hagas, eh!”, le gritó Hebe de Bonafini a un policía al llegar a la plaza “¡¿Dónde está el comisario?! ¡¿Dónde está la gente que se llevaron de la plaza?”, exigió.

Las Madres de Plaza de Mayo, esas mujeres de pañuelos blancos que habían enfrentado a la dictadura militar, se encontraban otra vez exigiendo saber el paradero de personas que se habían llevado las fuerzas de seguridad. Cuando la policía montada empezó a reprimir para desalojar a los manifestantes, formaron un cordón humano para impedirles el paso. Una vez más, como tantas otras veces, estuvieron adelante.

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Domingo Cavallo, que también fue Ministro de Economía de Menem, fue quien impuso el corralito bancario. Duró solo 9 meses en su cargo. Crédito: El Cronista.

La imagen, sin embargo, no conmovió al cuerpo de la policía a caballo: sin ningún tipo de piedad, avanzaron. Los animales se abalanzaron sobre las Madres, incluso hasta sacándoles las uñas de los pies a algunas de ellas, mientras les uniformades les dispararon balas de goma. La solidaridad de quienes estaban defendiendo les permitió refugiarse. La escena, que se repetirá en la televisión de miles de hogares argentinos, fue un incentivo para miles para terminar de decidirse e ir a la Plaza.

“¿Les han pegado, abuela?”, preguntó un cronista a una de las Madres.

“Si, han pegado como unos cobardes. Noventa años tiene mi compañera y la golpearon”, respondió la mujer antes de subirse a una combi blanca junto a sus compañeras.

Unos minutos antes, Hebe de Bonafini denunció frente a decenas de periodistas que ese era un modelo económico que no cerraba sin represión.

Una masacre dirigida desde el Estado 

“Nos vemos a la noche” le dijo Diego Lamagna a su mamá, antes de ir para las inmediaciones de la Casa Rosada, tras ver cómo las mujeres de pañuelo blanco eran reprimidas por las fuerzas de seguridad. 

Unas horas después, a media tarde, el cadáver del joven se encontraba en el suelo rodeado de manifestantes que no pudieron socorrerlo. Un perdigon de plomo, disparado desde la escopeta de un policia, habia causado su asesinato. 

La brutalidad policial que había iniciado durante la madrugada del 20 de diciembre, siguió durante toda la tarde del mismo día. La Ciudad de Buenos Aires, como tantos otros puntos del país, se había transformado en el terreno de una batalla campal masiva: incendios, piedrazos, autos hechos barricadas, ruidos de sirena, comercios destrozados, carros hidrantes, balas, golpes. Todo incluido en un estallido social sin precedentes.

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La policía montada se encontraba a cargo de Ernesto Sergio Weber, quien era el hijo de un ex represor de la dictadura. Crédito: Télam.

Gustavo Benedetto, un joven de 23 que había salido de trabajar de un supermercado tras un saqueo, quería ir a protestar junto al resto del pueblo argentino: sin embargo, nunca llegó a la plaza. Desde el interior de la sucursal de un banco HSBC, un grupo de policías que se encontraban refugiados disparó más de 50 balas. Una de ellas, impactó en la cabeza de Gustavo.

Según la CORREPI, tanto el 20 como el 19 de diciembre, las fuerzas de seguridad se cobraron la vida 39 personas en todo el país además de Gustavo y Diego. Como lo que no se nombra no existe, es necesario recordar el nombre de cada une: 

Graciela Acosta, Carlos Almiron, Ricardo Villalba, Ramon Arapi, Ruben Aredes, Elvira Avaca, Diego Avila, Walter Campos, Jorge Cardenas, Juan Delgado, Victor Enriquez, Luis Fernande, Sergio Ferreira, Julio Flores, Yanina Garcia, Roberto Gramajo, Pablo Guias, Romina Iturain, Cristian Legembre, Claudio Lepratti, Alberto Marquez, David Moreno, Miguel Pacina, Rosa Paniagua, Sergio Pedernera, Ruben Pereyra, Damian Ramirez, Ariel Salas, Sandra Rios, Gaston Riva, Jose Rodriguez, Mariela Rosales, Carlos Spinelli, Juan Torres, José Vega y Ricardo Villalba.

El final 

Fernando de la Rua, aproximadamente a las 18 hs, redactó a mano, por consejo de uno de sus asesores, las palabras que oficializaron su final. La carta, dirigida a Ramon Puerta por ser el Presidente Provisional del Senado, no contuvo en ningún momento la palabra perdón. Con el mismo desconocimiento de la realidad social con el cual ejercicio su gobierno, el dirigente radical se despidió del sillón de Rivadavia:

“Me dirijo a usted para presentar mi renuncia como presidente de la nación. Mi mensaje para asegurar la gobernabilidad y constituir un gobierno de unidad fue rechazado por los líderes parlamentarios. Confío en que mi decisión contribuirá a la paz social y la continuidad institucional de la República”.

Una hora más tarde, aunque su carta no contenía mil palabras, la imagen que se vio en el techo de la Casa Rosada valía mucho más. Con el aturdidor ruido que provoca el movimiento de las hélices del helicóptero Sikorsky S-76, mientras miles de personas seguían en la Plaza de Mayo, De La Rúa se escapó hacia la Quinta de Olivos.

El legado del dirigente de la UCR, además de la criminal represión que se llevó la vida de decenas de personas, fue desatar una de las crisis institucionales más grandes en la historia del país. Sumido en una profunda crisis socioeconómica, en menos de 11 días, Argentina tuvo 4 presidentes más: Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Camaño y, finalmente, Eduardo Duhalde sucedieron al presidente radical.

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