
El 23 de enero no es una fecha cualquiera en el calendario argentino. Es el día en que la luz de Luis Alberto Spinetta se encendió en el barrio de Núñez, Buenos Aires, y en su homenajela jornada en que Argentina celebra el Día Nacional del Músico. Es un homenaje merecido a un artista que no solo compuso canciones, sino que tejió una mitología sonora, elevando el rock a la categoría de poesía y pensamiento.
Spinetta, conocido eternamente como «El Flaco», fue más que un músico: fue un poeta, un pintor de acordes, un alquimista que transformó la angustia y la belleza en arte puro. Su figura es un emblema ineludible de la cultura nacional y un símbolo de la propia Ciudad de Buenos Aires, cuyas calles y cielos parecieron inspirar sus melodías más etéreas.
Spinetta y la génesis de la canción
Su viaje comenzó con Almendra (1967-1970), una banda fundacional que inyectó lirismo y complejidad armónica al naciente rock argentino. Con apenas veinte años, Spinetta regaló al cancionero popular himnos de una ternura inaudita, como «Muchacha (ojos de papel)», una plegaria de amor que se convirtió en la banda sonora de una generación. El arte de tapa de su primer disco, con ese hombre de la flecha en la cabeza, ya anunciaba la singularidad de su universo.
Pero el Flaco era un espíritu en constante mutación, un río que no se conformaba con un solo cauce. Su obra se despliega en una espiral de reinvención que abarcó décadas y géneros.
Las diferentes formaciones de Spinetta pasaron por Almendra, de 1967 a 1970; Pescado Rabioso, de 1971 a 1973; Invisible, de 1973 a 1977; Spinetta Jade, de 1980 a 1985 y sus etapas solista y de Socios del Desierto, 1971-2012.
Cada banda fue un manifiesto. Pescado Rabioso fue la explosión de la rabia poética, culminando en Artaud, un disco solista acreditado a la banda y considerado por muchos como la cumbre del rock en español, una obra que dialoga con la locura y la belleza del poeta francés Antonin Artaud.
Luego, Invisible se sumergió en la complejidad del jazz-rock y la poesía surrealista, con letras que parecían extraídas de sueños lúcidos.
Su obra, caracterizada por la complejidad armónica y la profundidad lírica, redefinió el rock en español. Falleció el 8 de febrero de 2012 a los 62 años, dejando un legado artístico inquebrantable.
El legado inquebrantable
La lírica de Spinetta es su huella más profunda. Sus canciones son un tapiz de referencias filosóficas y literarias, desde Carl Jung hasta Carlos Castaneda, pasando por Michel Foucault.
No cantaba sobre lo obvio, sino sobre la dimensión oculta de la existencia: el sol, la luna, los árboles, el alma, el diamante, el mañana. Su voz, de un registro agudo y cristalino, era el vehículo perfecto para estas visiones, una voz que parecía venir de otro plano.
Su ética artística fue innegociable. Nunca se rindió a las modas ni a las presiones comerciales, manteniendo una coherencia que lo convirtió en un faro para generaciones de músicos.
El momento cúlmine de su carrera en vida fue el histórico concierto «Spinetta y las Bandas Eternas» en 2009, donde reunió a todos sus proyectos en una maratón de cinco horas, un acto de amor y memoria que selló su lugar en la historia.

La partida y la eternidad
El Flaco, el que nos enseñó que «mañana es mejor», nos dejó demasiado pronto. El 8 de febrero de 2012, a los 62 años, su cuerpo se rindió ante un cáncer de pulmón. Fue una pérdida que conmovió a la cultura nacional, pero su despedida fue tan poética como su vida.
Siguiendo su voluntad, sus cenizas fueron esparcidas en el Río de la Plata, frente al Parque de la Memoria. Un acto simbólico que lo unió para siempre al paisaje de su ciudad, al río que es metáfora de la vida que fluye y al mar que es promesa de infinito.
Hoy, en el aniversario de su nacimiento, al celebrar el Día Nacional del Músico, no solo recordamos a un artista, sino a un maestro que nos enseñó a mirar el mundo con otros ojos.
Su música no es un recuerdo, sino una presencia constante, un «durazno sangrando» que sigue alimentando el alma de la cultura argentina. Como él mismo cantó, su espíritu sigue volando, libre y eterno, en el aire de la ciudad que lo vio nacer.

