
En 1933, la Argentina firmó con Gran Bretaña el Pacto Roca-Runciman. En medio de la crisis mundial, acelarada desde el crack de 1929, y con el comercio exterior en jaque, el vicepresidente Julio A. Roca (hijo de quien encabezara la cruel Conquista del Desierto,) viajó a Londres para asegurar la continuidad de las exportaciones de carne. El precio: aceptar condiciones vergonzosas.
A cambio de una cuota de venta garantizada, el país cedía privilegios a frigoríficos británicos, mantenía las tarifas ferroviarias en manos de empresas extranjeras y asumía la subordinación económica con tono de gratitud. “La Argentina es, en lo económico, una parte integrante del Imperio Británico”, declaró Roca sin sonrojarse.
Ese episodio, que la película «Asesinato en el Senado de la Nación« (Juan José Jusid, 1984), reconstruye con dramatismo y rigor histórico, condensa el dilema nacional: la tensión entre soberanía y dependencia, entre la dignidad y el sometimiento.
Por algo se la llama la Década Infame a los años que transcurrieron luego del derrocamiento, en 1930, a Hipólito Yrigoyen. El “fraude patriótico”, la corrupción y la entrega fueron algunas de sus marcas características.
En el film, Lisandro de la Torre, interpretado magistralmente por Pepe Soriano, encarna la voz ética de una nación traicionada por sus propios dirigentes. La escena del Senado, donde la palabra se convierte en denuncia y resistencia, resuena hoy con una potencia inesperada.
Ahora,con un Congreso deslegitimado, en el que las voces críticas son tapadas por el cotorrerío libertario y sus aliados, que en definitiva le han servido de felpudo institucional a un Gobierno que no cree en el Legislativo, como simbólicamente mostró en la asunción de Javier Milei y en la práctica con el festival de vetos a las leyes y el incumplimiento a la instistencia contra los vetos.
«Asesinato en el Senado de la Nación» es una película argentina de 1984 dirigida por Juan José Jusid y protagonizada por Miguel Ángel Solá, Pepe Soriano, Oscar Martínez, Arturo Bonín y Rita Cortese, como parte de un gran elenco. El guion fue escrito por Carlos Somigliana
De Inglaterra a Estados Unidos: el precio de la entrega
El 1 de mayo de 1933, el vicepresidente Julio Argentino Roca (hijo), firmó en Londres el Pacto con el representante del gobierno británico Walter Runciman. A cambio de ampliar la cuota de exportación de carne vacuna al Reino Unido y sus colonias, la Argentina aceptaba que el 85% de esas ventas se realizara a través de frigoríficos británicos. En los pliegues del acuerdo, las cláusulas secretas completaban el cuadro de la dependencia: el monopolio del transporte quedaba en manos de empresas inglesas y el recién creado Banco Central nacía bajo la tutela de capitales británicos.
Dos años más tarde, en 1935, Lisandro de la Torre decidió abrir la caja negra del negocio de la carne. Su investigación, presentada en el Senado de la Nación, reveló una trama de corrupción que alcanzaba al gobierno de Agustín P. Justo y a sus ministros de Hacienda, Federico Pinedo (abuelo del actual dirigente del PRO), y de Agricultura, Luis Duhau. “El gobierno inglés le dice al gobierno argentino: no le permito que fomente la organización de compañías que le hagan competencia a los frigoríficos extranjeros”, denunció De la Torre. Y remató con una frase que todavía duele: “En esas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a sus dominios semejantes humillaciones”.

Las sesiones del Senado fueron un hervidero. En pleno debate, Duhau amenazó a De la Torre: “¡Ya pagará bien caro todas las afirmaciones que ha hecho!” Dos días después, el 23 de julio de 1935, la amenaza se volvió tragedia. En medio de una agresión dentro del recinto, los disparos del matón Ramón Valdez Cora no dieron en el blanco previsto: mataron a Enzo Bordabehere, joven senador santafesino y discípulo de De la Torre, que intentaba defenderlo. Su cuerpo cayó sobre el mármol del Senado. La República entera quedó herida.
Las prácticas coloniales con Estados Unidos
Noventa años después, la historia parece repetirse, aunque con nuevos actores y otras banderas. Los supuestos acuerdos recientes del gobierno argentino con los Estados Unidos, presentados como “cooperación financiera”, “asistencia técnica” o “apoyo a la estabilidad macroeconómica”, evocan aquel pacto colonial de los años treinta. Una vez más, el país entrega su margen de decisión a cambio de un supuesto salvataje. Solo que ahora no se trata de cuotas de carne, sino de reservas en dólares, compras de bonos o supervisión directa del Tesoro norteamericano sobre la política económica local.
El discurso oficial, envuelto en la retórica de la eficiencia y la libertad de mercado, oculta una estructura de dependencia. En lugar de una metrópoli británica, el nuevo amo habla inglés con acento de Washington. En vez de frigoríficos y ferrocarriles, el control pasa por los flujos financieros, las tasas de interés y las condicionalidades del FMI. El resultado es el mismo: una soberanía administrada desde afuera.

La comparación con Asesinato en el Senado de la Nación no es caprichosa y demuestra una vez más cómo el cine, muchas veces, sirve de gran relator de la historia. Acaso ese ejemplo sirva de argumento a la hora de desarmar las estucturas del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).
En la película, como en la vida real, la corrupción y el servilismo del poder político frente a las corporaciones extranjeras son el telón de fondo del crimen de Bordabehere, asesinado en plena sesión parlamentaria. Fue el precio de una denuncia moral que desnudó la entrega del país. Hoy, sin disparos ni sangre en el recinto, las muertes se producen de otro modo: en los barrios empobrecidos, en los hospitales sin insumos, en las universidades desfinanciadas y en la desatención a la discapacidad. La dependencia económica se traduce en degradación social.
La historia argentina está hecha de pactos: algunos necesarios, otros infames. El de Roca-Runciman fue el símbolo de una entrega consentida; los acuerdos actuales con Estados Unidos podrían ser su versión financiera y digital, casi un siglo después.
En ambos casos, la soberanía se negocia bajo la excusa de la urgencia. Como entonces, los defensores del pacto prometen prosperidad. Como siempre, los beneficios se concentran lejos del pueblo.
Quizás la pregunta que Lisandro de la Torre lanzaba desde su banca siga siendo la más vigente: «¿Hasta cuándo aceptaremos que los que ocupan la Casa Rosada lleven a la Patria a arrodillarse frente al dinero y el poder extranjero?«.

