
Lejos de ofrecer estabilidad, la medida del Banco Central y el Ministerio de Economía ata el valor del dólar a la inflación pasada, formalizando una escalada que, según analistas, se traducirá de forma directa en una nueva ola de aumentos.
La arquitectura del nuevo sistema es simple y a la vez inquietante: el piso y el techo de las bandas de flotación se actualizarán automáticamente en función del costo de vida de hace dos meses.
Para enero, esto significa un ajuste del 2,5% basado en la inflación de noviembre. En la práctica, el techo de la banda, que marca la referencia máxima para el mercado, se moverá de $1529 a niveles cercanos a los $1563.
Es decir, el Gobierno no solo convalida la suba del dólar, sino que la indexa a la misma enfermedad que busca combatir: la inflación.
El dólar, protagonista de un comienzo de año con preocupaciones
El contexto de este «sinceramiento» cambiario es de máxima fragilidad. A días del debut del esquema, el 9 de enero, la Argentina enfrenta vencimientos de deuda con bonistas privados por más de US$ 4.200 millones.
La «jugada oficial» de indexar el dólar y acelerar la compra de divisas (una exigencia del FMI), es una admisión tácita de las dificultades del programa económico para acumular el sostén clave de la economía: las reservas.
La duda de los mercados no es si el Gobierno pagará, sino cómo cubrirá la mitad de esos vencimientos sin desatar una nueva corrida.
Aquí reside el nudo crítico de la medida. Al permitir que el techo de la banda se mueva al ritmo de la inflación, el Banco Central envía una señal clara a los formadores de precios: el dólar de referencia seguirá subiendo.
La promesa de mantener tasas de interés atractivas para las inversiones en pesos se vuelve un paliativo débil frente a la expectativa de devaluación constante. El traslado a precios es casi inmediato, afectando desde los alimentos hasta los insumos importados, consolidando un círculo vicioso donde el dólar indexado alimenta la inflación que, a su vez, lo vuelve a impulsar.
La liberación del mercado cambiario, prometida «en la medida en que se observen progresos», parece una quimera. La clave para que el esquema se sostenga reside en un ingreso masivo de dólares que, por ahora, no se vislumbra.
Mientras tanto, la indexación del dólar a la inflación pasada actúa como un ancla inflacionaria de doble filo: asegura que el tipo de cambio no se atrase, pero garantiza que la inercia de los precios se mantenga viva, dejando a los argentinos a merced de una suba del dólar en piloto automático.

