Oct 14, 2022 | Sociedad

Ni olvido, ni perdón: el fútbol no se mancha

El 6 de octubre, en la cancha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, la policía bonaerense reprimió a les hinchas. El saldo fue un muerto y varias personas heridas. Nota al Pie habló con simpatizantes que vivieron el horror de la violencia en carne propia.
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Hinchas de Gimnasia se movilizaron desde el Polideportivo hasta el Estadio pidiendo justicia.
Crédito: Pedro Ramos.

Hace poco más de una semana, Gimnasia y Boca disputarían la fecha 23 de la Liga Profesional en La Plata. Afuera de la cancha, la cosa se puso difícil. Minutos después del comienzo del partido, y por razones que aún se desconocen, la policía bonaerense desplegó uno de los operativos represivos más violentos en la historia del fútbol local. 

Con tiros y gases lacrimógenos por todos lados, el bosque platense se convirtió en un campo de guerra. La violencia perpetrada por las fuerzas de seguridad remitió a las épocas más oscuras de nuestro país. Incluso, les entrevistades coincidieron en algo: “No pasó lo de Cromañón porque era un lugar abierto”, dijeron todes.

“Era la policía contra nadie”

Pablo tiene 36 años y ese jueves, apenas salió de trabajar, se fue directo para la cancha. Llegó minutos antes de las 20.30 para entrar junto a su papá y su hermano, como suelen hacer cada vez que coinciden en los partidos del Lobo. A diferencia de su familia que tiene platea, él siempre va a la tribuna que está del lado de calle 60. Pero después de tantos años de ir a la cancha, ese día algo le llamó la atención. 

Según explicó, en los partidos “normales” el público debe atravesar tres cacheos: el primero para mostrar la entrada; el segundo donde la policía revisa y el tercero para presentar el DNI. 

Sin embargo, la persona encargada de pedir la entrada esta vez no estaba. “Yo llegué hasta que me tocó un policía a cinco metros de la cancha. Me palpó y fui hasta donde apoyamos el carnet para pasar”, contó. Al entrar, el hincha de Gimnasia reconoció que había mucha gente, aunque no la suficiente como para alarmarse. “Estábamos bien”, aseguró.

Pero lo que parecía ser una jornada festiva, poco a poco empezó a desdibujarse. De un momento a otro, los cantos de la hinchada se convirtieron en gritos desesperados de auxilio. Pasados los 9 minutos del comienzo del partido, empezaron a escucharse tiros. Por la forma que tiene la cancha, la gente de la tribuna pudo asomarse para ver qué pasaba afuera. “Se escuchaban disparos pero no se veía un enfrentamiento. Era la policía contra nadie”, relató Pablo.

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 “Siempre fuertes, siempre unidos”, es el nuevo lema del Lobo.
Crédito: Pedro Ramos.

“Nunca más”

Inmediatamente, los gases lacrimógenos invadieron el predio. En busca de resguardo, Pablo se fue hasta el buffet del club para sentarse y esperar a que todo pase. Segundos después, el lugar ya estaba colmado de gente. “Bueno, muchachos… vamos a quedarnos acá y esperemos hasta que pase, porque debe ser un ratito, nada más”, les dijo el encargado mientras cerraba las puertas del buffet. Ahí estuvieron durante dos horas.

Encerrades sin saber qué pasaba y cuándo iban a poder salir, la desesperación se apropió del lugar. Una chica gritando “me voy a morir” y una nena a la que le sangraba la nariz son dos de las escenas que Pablo recuerda al describir el ambiente. 

“Quería llegar a mi casa y poder estar con mi hija”, dijo sobre esas horas en las que solo pudo mandar mensajes de texto para avisar que estaba bien. Mientras tanto, su hermano y su padre sufrían la represión. Luego del ataque policial, ambos debieron ser asistidos: el primero por los impactos, el segundo por inhalar los gases.

Cerca de las 23.30, Pablo pudo salir de la cancha. Esa noche no durmió y la siguiente tampoco. Admitió que volver ahora no va a ser lo mismo. Tiene muchas dudas y mucho miedo de que esto se repita. “Ojalá nunca más pase”, deseó en voz alta. 

Además, todavía se pregunta por qué los policías tenían tantas balas y tantos gases para un partido de fútbol. “Por qué cerraron la puerta y por qué reprimieron así, no lo sé, será cuestión de que alguien investigue”, expresó. Sin embargo, el hincha tiene una certeza: “Yo lo único que sé es que Gimnasia fue la víctima”.

“Esto no se juega”

Lucas tiene 25 años y el jueves después del trabajo fue a la cancha con su primo y un par de amigos. Teniendo en cuenta la relevancia del partido, ese día acordaron encontrarse temprano en el bosque. Una hora y media antes del comienzo, hicieron el ingreso para ir a la popular, sector al que van siempre. 

Dentro del predio, la hinchada alentaba como en cada partido. Sin embargo, minutos después, Lucas notó que todes miraban hacia afuera. Ante la duda, bajó para mirar también y vio gente correr pero no se preocupó porque pensó que estarían llegando tarde. Además, entre los fuegos artificiales escuchó otras detonaciones, aunque no estaba seguro de qué podían ser. 

Con los equipos en la cancha, el hincha vio que el desorden seguía y que todavía había lugares vacíos. Supo entonces que las explosiones eran parte de disparos de la policía, pero no se sorprendió porque “lamentablemente es algo habitual”.

De repente, entre tiros y corridas, una nube de humo se apropió del  ambiente y los jugadores abandonaron el campo. “Esto no se juega”, le dijo a su primo. De manera instantánea, Lucas comenzó a sentir que le faltaba el aire. La gente en su misma situación intentó escapar del lugar pero no pudo. “Ahí me di cuenta que estaban las puertas cerradas”, contó.

Su malestar se intensificó cuando los efectivos tiraron gas lacrimógeno por debajo de un portón cerca de la tribuna Centenario. Junto a dos de sus amigos, el hincha decidió irse porque sentía que estaba por desmayarse. Cuando comenzaron a bajar de la tribuna, vio varias personas descompensadas en el piso. A pesar de la revuelta, los tres pudieron acercarse hasta la puerta.

“Ayuda por favor, ¡se me muere!”

“Antes de salir les dije a mis amigos que empiecen a correr y que no paren”, aseguró Lucas. La policía estaba reprimiendo desde los costados y parecía que no les interesaba a quienes les disparaban. “Apuntaban y tiraban el cuerpo”, describió.

Pero al momento de emprender la corrida, Lucas escuchó a un hombre gritar desesperado. “Ayuda por favor, ¡se me muere! ¡Se me muere!”, decía mientras intentaba levantar a una mujer desmayada. “Así que miré a mis amigos y les dije que volvamos”, contó.

Los tres jóvenes regresaron hacia donde estaba la pareja y ayudaron al hombre a cargar a la mujer totalmente inconsciente. Entre los cuatro lograron trasladarla hasta una ambulancia ubicada a 50 metros de distancia, aproximadamente. Según recuerda,  cuando llegaron al lugar había solo dos ambulancias y cinco médicos que no daban abasto.

Después de lo que pasó, Lucas no duda en volver a la cancha, pero estuvo dos días sin poder dormir. Sobre el conflicto sostuvo que se trató de una represión “totalmente desmedida e injustificable”. “Las imágenes y los videos que circulan demuestran que el hincha no tuvo la culpa”, agregó.

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Lolo Regueiro tenía 57 años y murió de un infarto durante la represión.
Crédito: Pedro Ramos.

“Que no sea lo que pienso”

Matías tiene 37 años y a los partidos siempre va con su hijo, su pareja y su suegro. Después de mucho ahorrar, hace un tiempo pudieron concretar un proyecto familiar tan esperado: adquirir cuatro plateas en la cancha de Gimnasia. No obstante, a pesar de la ubicación, el jueves decidieron ir al bosque unas horas antes de lo habitual. 

Al llegar, el hincha saludó a los policías del acceso como hace siempre. “Para que te atiendan mejor”, explicó. Hasta ese entonces, no percibió nada raro más que la rapidez en el ingreso. “En partidos anteriores nos costó un poco más porque había dos o tres niveles de control”, recordó Matías. 

Una vez adentro, una segunda cosa le sorprendió: los lugares vacíos en la platea. Según contó, con el correr de los partidos “uno ya conoce a los que van y se forma un grupo de charla”. “Pero me llamó mucho la atención que eran más de las nueve y esta gente no estaba”, señaló.

Minutos antes de que empiece el juego, un hombre llegó agitado de tanto correr. Su cara de susto era tanta, que Matías le preguntó qué había pasado. “Afuera es un desastre y hay plateistas que tienen su abono y no los dejan pasar”, respondió el hombre. “No nos terminó de decir ‘no sé por qué cerraron las puertas’ que se escucharon las primeras balas de goma”, contó. 

Con los disparos de fondo, la hinchada empezó a inquietarse. Su hijo reconoció que del otro lado algo empezaba a quemarse. “Mira papá, se ve que están prendiendo fuego algo”, le dijo. “Y cuando lo veo, digo: ‘no puede ser… que no sea lo que pienso’”, lamentó él. La represión había comenzado.

“La solidaridad de nuestra gente” 

Ante el alcance de los gases, la gente empezó a desesperarse por la picazón en la garganta y el ardor en la cara. Como consecuencia, se formó un coro de personas ahogadas que se tapaban con lo que podían. “Te daban ganas de arrancarte los ojos”, describió Matías. 

Rápidamente, todes empezaron a subir hasta la parte más alta de la platea. “Nos movimos muy respetuosamente y entre todos nos ayudamos un poco”, recordó. 

Respecto a la situación, intentó no desesperar y tranquilizar al resto de su familia. “Si nos tenemos que quedar acá hasta las tres de la mañana para que no nos toque una bala de goma, lo vamos a hacer”, les dijo. Mientras tanto, los disparos policiales se escuchaban por todas partes. 

De los años que va a la cancha para alentar al Lobo, afirmó que es la primera vez que vive algo así. Todavía no entiende cómo empezó todo y por qué cerraron los portones con candado. Sobre los responsables, el hincha fue contundente: “Yo soy peronista: voté a Néstor, a Cristina y a Kicillof, pero no entiendo cómo Berni sigue al frente del Ministerio de Seguridad”, sentenció.

Sin embargo, más allá del dolor y la incertidumbre, Matías reafirmó su amor tripero y aseguró que nunca dudo en volver a la cancha porque ahí él es feliz. “Soy de Gimnasia porque lo elegí y porque entiendo que tiene los principios y valores que quiero en mi vida, y no hago más que reforzarlo ante la situación terrible que vivimos y la solidaridad de nuestra gente”, concluyó.

“Era como estar en la guerra”

Oriana tiene 24 años y ese jueves no iba a ir a la cancha. Había trabajado todo el día y prefería descansar. Además, supuso que el predio del Lobo estaría desbordado debido a la llegada que tienen ambos equipos. Sin embargo, a último momento se arrepintió y desistió de su decisión. Le escribió a Pilar, una de sus amigas, y quedaron en encontrarse en el bosque.

Pasadas las 20.30, ambas llegaron al lugar y empezaron a hacer la fila para entrar. Afuera nada les llamó la atención, más que la rapidez del ingreso. Sin embargo, antes de alcanzar su turno, vislumbraron algunos disturbios cerca. No sabían bien qué pasaba, pero de todos modos optaron por entrar por otro lado.

A pesar de que había más gente, el nuevo acceso también avanzaba rápido. Una vez dentro de la cancha, se ubicaron detrás de uno de los arcos. Oriana aseguró que la recibida al equipo fue una fiesta. “Fue la que más bengalas, colores y agite tuvo”, señaló. 

Pero toda la alegría poco a poco empezó a desmoronarse. Cuando vio pasar a médicos y enfermeros con camillas por detrás del arco, percibió que había problemas. Lo que nunca imaginó fue la magnitud del asunto. El gas se esparció rápidamente y todes comenzaron a ahogarse. “No entendía qué pasaba y tampoco podía ver”, dijo. 

Entre llantos y gritos, las chicas quisieron bajar y se toparon con una señora que pedía ayuda para su padre descompensado. “El hombre estaba tirado en el piso y ella quería llevarlo, pedía un médico”, relató Oriana. “Lloraba y decía que se le moría”, recordó.

Cuando lograron salir de la cancha, todavía ahogadas, tuvieron que atravesar todo el bosque a oscuras, con tiros de fondo y esquivando personas tiradas. “Era como estar en la guerra”, aseguró. 

“Nos cerraron las puertas y nos tiraron gas pimienta por abajo”

La escena que describe la hincha es digna de un campo de batalla en el medio del bosque platense. “Sentí que me moría”, confesó. Al llegar a la Avenida 60, Oriana empezó a ver la cantidad de gente que se encontraba en ese lugar. “Había muchas personas tiradas en el piso en el medio del bosque, ahogadas y solas”, relató.

Escapando de la represión, las chicas llegaron hasta la rotonda ubicada sobre 60 y 122. La gente ahí estaba como ellas: con los ojos rojos y llenos de lágrimas. “Obviamente eran del gas, pero seguramente también eran de los nervios y la angustia”, agregó.

Luego de un par de días, Oriana todavía no logra entender lo que pasó. “A Gimnasia siempre lo sentí como un lugar seguro y ahora sé que voy a ir con miedo”, lamentó. 

Sin embargo, está convencida de que el problema no es la gente, “que fue la que más ayudó”. Para ella, la responsabilidad es de la policía porque “en lugar de cuidarnos, nos cerraron las puertas y nos tiraron gas pimienta por abajo”.

El pedido de justicia

Después de la trágica fecha, el sentimiento de angustia es general y volver al club ya no será lo mismo. Lo que debió ser una fiesta, se convirtió en un recuerdo traumático para más de une. Como producto de la violencia policial, murió Lolo Regueiro, reconocido hincha de Gimnasia. 

A los cantos de la hinchada tripera se le sumó el pedido de justicia y el grito de Nunca Más. “Siempre fuertes, siempre unidos”, es el nuevo lema del Lobo. Ahora, sólo queda esperar a que el caso no quede impune y que los responsables paguen las consecuencias. Porque no fueron incidentes, fue represión.

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