Vincularse en tiempos de scrolleo: del “casi algo” al miedo a elegir

Las apps de citas, la lógica de reemplazo por las redes sociales, con el mecanismo del scrolleo y el miedo a mostrarse vulnerable modificaron la manera en que las nuevas generaciones se relacionan. El psicólogo Nicolás Paipa analizó en Nota al Pie qué hay detrás de los “casi algo”, la dificultad para comprometerse y la necesidad de parecer indiferente.
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Las redes sociales y las aplicaciones de citas modificaron los modos de conocerse, elegir y sostener un vínculo. Créditos: Cadena Ser

En el Día de la Primavera, una fecha asociada históricamente al amor y al encuentro, los vínculos atraviesan una transformación. Para el psicólogo, especialista en traumas y terapeuta EMDR, Nicolás Paipa, sostuvo en Nota al Pie que el problema no es que los jóvenes hayan dejado de querer, sino que cambiaron las condiciones en las que intentan construir relaciones, debido a que hay más opciones, más comparación y también el miedo a elegir mal.

Las formas de conocerse cambiaron y, con ellas, también los códigos para acercarse, demostrar interés y decidir cuándo seguir adelante. En medio de tantas posibilidades, vincularse parece haberse convertido en un territorio donde nadie quiere quedar demasiado expuesto.

En ese sentido, las personas a través de las redes sociales agregaron además una posibilidad que antes no estaba tan presente y es la de comparar permanentemente. Mientras una relación todavía está empezando, del otro lado de la pantalla aparecen nuevas caras, nuevas conversaciones y la sensación de que siempre puede existir alguien más, razón por la cual, esto en la actualidad trajo un cambio de paradigma en las nuevas formas de vincularse.

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Frente a ese escenario, hablar de vínculos sanos en la actualidad implica correrse de la idea de una relación perfecta, sin caer en la romantización ni en la idealización del amor. También supone revisar ciertas formas de vincularse cada vez más atravesadas por el individualismo, donde las propias necesidades pueden quedar por encima de la construcción compartida.

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La cultura de la inmediatez también llegó a los vínculos y modificó los tiempos para conocerse y elegir. Créditos: Shutterstock

¿Cuáles son los principales problemas que presentan las parejas al vincularse?

En consulta, el problema más frecuente no es la falta de amor, sino la falta de un lenguaje compartido para gestionar el conflicto y la vulnerabilidad. Muchas parejas llegan con estilos de apego distintos —uno más ansioso, buscando cercanía constante, y otro más evitativo, necesitando espacio— y ninguno tiene herramientas para nombrar eso sin que se convierta en una guerra de «quién quiere menos». A eso se suma que hoy se llega a la pareja con expectativas muy altas de autosuficiencia emocional, lo que paradójicamente dificulta pedir ayuda o mostrarse necesitado sin sentir que se está «fallando» en la relación.

¿Actualmente hay más dificultades para comprometerse?

Yo lo pienso más como un cambio de forma que como un déficit de capacidad. Comprometerse siempre implicó tolerar incertidumbre y exposición, pero antes había menos alternativas visibles y menos velocidad para compararse con ellas. El miedo a la exposición emocional ocupa hoy un lugar central porque mostrarse vulnerable se volvió, para muchos, sinónimo de perder poder en el vínculo, es decir, quien se muestra más interesado parece quedar en desventaja. Eso no es incapacidad de comprometerse, es una lógica defensiva aprendida frente a un entorno que premia parecer indiferente.

Hay un cuestionamiento hacia la «intensidad» del otro, ¿por qué mostrar interés parece, en algunos casos, visto como algo malo?

Porque se instaló la idea de que el interés genuino es «necesidad», y la necesidad se lee como debilidad. Culturalmente pasamos de idealizar la persecución romántica a idealizar la indiferencia como señal de seguridad personal. Clínicamente esto tiene un costo alto: personas con apego ansioso aprenden a esconder lo que sienten para no «espantar», y personas con apego evitativo usan ese rechazo a la intensidad como excusa para no profundizar. El resultado es que la honestidad emocional temprana, que debería ser información útil para decidir si seguir o no, se convierte en un riesgo social.

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«Las redes muestran versiones editadas y sin conflicto de las relaciones de otros».

Nicolás Paipa.

La rutina del scrolleo combinada con el miedo

¿Qué cambios generaron las redes sociales y las apps de citas en nuestra manera de afrontar el rechazo y elegir con quién vincularnos?

El miedo al rechazo es evolutivo y siempre existió, pero antes tenía un límite físico, como, por ejemplo, el número de personas disponibles en tu entorno cercano. Las apps eliminaron ese límite y con eso instalaron lo que en psicología se conoce como «lógica de reemplazo disponible»: si siempre hay una opción más, cualquier fricción en el vínculo actual se procesa como razón suficiente para salir en lugar de resolver.

¿Qué efecto psicológico produce sentir que se puede ser reemplazado con un scroll?

El efecto psicológico es una sensación crónica de ser desechable, que erosiona la autoestima relacional incluso en personas que objetivamente son elegidas con frecuencia.

¿Cómo cambia la manera de vincularse cuando siempre podemos encontrar a alguien más en la era digital?

Buscamos opciones, y eso cambia la naturaleza del compromiso porque en lugar de invertir en resolver lo que no funciona con una persona real, se compara constantemente contra un catálogo de personas hipotéticas. Esto se conecta con lo que en la literatura sobre elección se llama «maximización»: la creencia de que siempre existe una alternativa superior lleva a una insatisfacción crónica, incluso cuando el vínculo actual es objetivamente bueno, porque nunca se cierra la búsqueda.

¿Qué impacto tiene recibir constantemente señales de aprobación?

Estas señales funcionan como refuerzo intermitente, el mismo mecanismo que sostiene conductas adictivas: no sabes cuándo llegará el próximo match o mensaje, así que el sistema de recompensa, se mantiene activo esperándolo. Cuando la autoestima empieza a depender de ese flujo externo, la elección de pareja deja de basarse en compatibilidad real y empieza a basarse en quién genera más validación inmediata, que no siempre es quien construye un vínculo sano a largo plazo.

El ghosting y los vínculos sin definir como los «casi algo» y situationships se volvieron más frecuentes, ¿Qué nos podés decir sobre cómo las personas enfrentan el compromiso, la incertidumbre y las conversaciones incómodas?

El ghosting es, ante todo, una forma de evitar el malestar de la conversación incómoda, no solo de evitar el compromiso. Las situationships cumplen una función parecida: permiten obtener cercanía emocional o física sin asumir la vulnerabilidad de ponerle nombre al vínculo, porque nombrarlo obliga a hacerse responsable de él. Ambas dinámicas reflejan una tolerancia baja a la incertidumbre y a la confrontación directa, algo que en terapia trabajamos justamente ahí, en la capacidad de sostener una conversación difícil sin huir de ella.

Hay una tendencia a romantizar el amor desde lo que esperamos recibir como un acto desde la individualidad, ¿Qué lugar tiene hoy la reciprocidad en la manera en que construimos una relación?

Sí, y esto conecta con una idealización del amor construida más desde el consumo que desde el vínculo: se espera un gesto, un detalle, una prueba de amor, como si el otro debiera demostrar constantemente su valor. La reciprocidad requiere preguntarse activamente qué estoy ofreciendo yo, no solo qué estoy recibiendo, y esa pregunta suele estar ausente cuando el amor se vive como una experiencia a evaluar en lugar de una relación a construir en conjunto.

¿Por qué muchas personas se sienten atraídas por alguien, pero cuando el vínculo empieza a volverse más profundo aparece la necesidad de tomar distancia?

Esto es clásico del apego evitativo: la cercanía inicial se vive con entusiasmo porque todavía no exige nada, pero en cuanto el vínculo empieza a pedir intimidad real —vulnerabilidad, dependencia mutua, planes a futuro— se activa una alarma interna que interpreta esa cercanía como amenaza a la autonomía. No es que la persona deje de sentir atracción, sino es que el sistema nervioso asocia la profundidad emocional con pérdida de control, muchas veces por experiencias tempranas donde depender de otro no fue seguro.

¿La búsqueda de «la persona indicada» puede impedirnos construir un vínculo real con alguien que no cumple todas nuestras expectativas?

Sin duda. Las redes muestran versiones editadas y sin conflicto de las relaciones de otros, y eso genera una vara de comparación irreal: se espera que el vínculo se sienta fácil todo el tiempo, cuando en realidad toda relación sana atraviesa fricción. La idealización de «la persona indicada» funciona como un mito protector: mientras se sigue buscando a esa persona perfecta, no hay que arriesgarse a construir algo real con alguien imperfecto, que es donde efectivamente se juega el compromiso.

Podríamos decir que existe una crisis para vincularse, ¿Cuál es hoy el principal obstáculo?

Es una crisis de la forma, no del amor en sí: la capacidad y el deseo de amar siguen intactos, lo que cambió son las herramientas y el contexto en el que se ejerce ese amor. El que veo con más frecuencia en consulta es el miedo a elegir mal, porque la persona se queda sola por evitar una mala elección, y termina evitando el compromiso como estrategia para no equivocarse. Es un miedo que paraliza más de lo que protege.

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