
El domingo 14 de junio, el corazón de Argentina se detuvo un instante para despedir a Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, nuestra querida Taty Almeida. A sus 95 años, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, se despidió en el Hospital Italiano, dejando un vacío inmenso pero un legado imperecedero.
Su partida, confirmada por sus seres queridos, no es un adiós, sino un «hasta siempre» que resuena con la fuerza de su mantra: «la única lucha que se pierde es la que se abandona».
El velatorio, que se realizará en FOETRA, será un encuentro de almas que la amaron y la admiraron. No habrá flores, sino el compromiso de sostener la causa que ella abrazó con cada fibra de su ser. Un gesto que honra su espíritu generoso y su dedicación inquebrantable.

Taty Almeida será despedida en medio de un gran acompañamiento popular.
El «ya vengo» que marcó el destino de Taty Almeida
La vida de Taty se partió en dos un 17 de junio de 1975. Aquel día, su hijo Alejandro Martín Almeida, de apenas 21 años, se despidió con un «esperame, ya vengo» que se convirtió en un eco doloroso y eterno. Alejandro, estudiante de Medicina y trabajador, fue secuestrado por la Triple A, y nunca más regresó. Ese «ya vengo» fue el inicio de una búsqueda que duraría casi 51 años, una peregrinación incansable por la verdad y la justicia.
Proveniente de una familia militar, Taty tuvo que romper con su propio mundo para abrazar la causa de las Madres. Superó el miedo a ser juzgada, a ser vista como una «espía», y se unió a aquellas mujeres valientes que, como ella, buscaban a sus hijos.
Su encuentro con María Adela Gard de Antokoletz en la Casa de las Madres fue un punto de inflexión, un momento de catarsis y de comprensión de que su dolor no era solitario. «Cada Madre tiene su momento, y este es el tuyo», le dijo María Adela, y Taty lo hizo suyo.
La «gorilita» que parió la lucha
Taty se definía a sí misma como una «gorilita fatal» antes de la desaparición de Alejandro. Pero su hijo, con su ausencia, la «parió» a una nueva vida, a una militancia que la transformó. Descubrió la poesía de Alejandro, textos que revelaban su conciencia de la muerte y su profundo amor. Un poema, encontrado en su agenda, se convirtió en un testamento de su hijo y en un motor para ella:
«Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él, si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta, si la muerte me abrazara fuerte como recompensa por haber querido la libertad, y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos, llantos y consejos que no quise seguir, quisiera decirte mamá que parte de lo que fui lo vas a encontrar en mis compañeros.
Alejandro Almeida
La cita de control, la última, se la llevaron ellos, los caídos, nuestros caídos, mi control, nuestro control está en el cielo, y nos está esperando. Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga, pero honesta, si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento el último aliento, para decir te quiero”.
Este poema, descubierto tras la desaparición, le reveló la profundidad del compromiso de Alejandro y la impulsó a buscarlo en cada compañero, en cada lucha. A pesar de no encontrar sus huesos, como tanto anhelaba, Taty encontró a Alejandro en la memoria colectiva, en la resistencia, en la alegría que defendía como trinchera.
Un legado de alegría y resistencia
Desde la presidencia de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Taty fue la cara y el empuje de la mesa de organismos de derechos humanos. Su vozarrón, su carácter «chinchudo» y su alegría de vivir, como ella misma se describía, fueron un faro de esperanza.
En cada reconocimiento, como el doctorado honoris causa de la UBA, imaginaba a Alejandro riendo y diciendo: «Mirá en lo que se convirtió la gorilita». Sabía que su hijo estaría orgulloso.
Sus compañeras de Abuelas de Plaza de Mayo le prometieron: «acá las locas seguimos de pie, y somos millones». Y desde la Línea Fundadora, le agradecieron por enseñar que «amar es resistir» y que «no existe fuerza más grande que la del amor».
Taty Almeida se fue sin encontrar a Alejandro, pero lo encontró en cada paso de su lucha, en cada grito de «30.000 desaparecidos, ¡Presentes, ahora y siempre!».
Su partida deja una herida, pero también la certeza de que su espíritu indomable seguirá guiando el camino hacia la Memoria, la Verdad y la Justicia.
El eco de su lucha, de su amor de Madre, resonará eternamente en la memoria popular de Argentina.

