
Para Patricia Bullrich, ex ministra de Seguridad, que también ocupó esa cartera con Mauricio Macri y que fue ministra de Trabajo en 2001, debe haber sido la noche de gloria de su vida.
A pedir de sus deseos y como expresión material de sus sueños húmedos, afuera la Policía permitía que algunos (propios o tercerizados), prendieran tranquilos un par de bombas molotov que no le pegaron a nadie, para brindarle la excusa perfecta a la hora de desatar la represión que comenzó a desbandar la movilización que no fue un acto tradicional.
Adentro, ella llevaba la voz cantante como jefa del bloque de senadores de La Libertad Avanza. Su discurso de cierre, alrededor de la 1 de la madrugada cuando las personas honradas descansan, es una pieza brillante para entender el sentido de esta reforma, al margen de su pobre oratoria.
Sus referencias a 1975, fecha de la Ley de Contratos del Trabajo (LCT), cómo símbolo de la “decadencia” argentina son la clave para entender la restauración conservadora de un país que va y viene en el tiempo, como lo hacen Marty MacFly y el Doc Emmeth Brown en la zaga de “Volver al futuro”.
Lo que no dijo Bullrich, pero vale para completar su alocución, es que uno de los autores de la LCT es el abogado laboralista Norberto Centeno, desaparecido a comienzos de la dictadura cívico-militar.
Se van a cumplir 50 años del Golpe y los homenajes del Gobierno se dan en proyectos como la “Modernización Laboral”. No se trata solo de un negacionismo nostálgico o de una reivindicación simbólica de familiares de los genocidas que todavía siguen con vida.
Es la puesta en marcha de un país de minorías con millones que sobran. Es José Alfredo Martínez de Hoz con los votos populares y es la represión a cielo abierto.
Gases y balas en videos de TikTok.
El Senado y el escenario histórico de estos días
Casildo Herrera era el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) en 1976. Unas horas antes del Golpe del 24 de marzo se tomó un catamarán a Montevideo, Uruguay, donde ya había una dictadura desde 1973.
El oscuro dirigente, que provenía de la Asociación Obrera Textil (AOT), y moriría en el olvido en 1997, pronunció en ese oscuro marzo de 1976 una frase que se haría tristemente célebre: “yo me borré”.
Fue la respuesta a un periodista uruguayo que lo consultaba sobre los hechos que se precipitaban en Buenos Aires.
En la sanción de la Reforma Laboral que avanzó en el Senado, hubo dirigentes que homenajearon en silencio a Casildo Herrera. No se fueron a Uruguay, pero le sacaron el cuerpo a la calle, cuando aún quedaban 10 horas de debate en el recinto.
Eso sí, como Herrera tenía su pasaporte vigente, nadie dejó de estar atento a su cuenta de X, que es como el pasaporte a la visibilidad de estos tiempos.
La historia de lo que sobrevino al Golpe se conoce en detalles, aunque habrá que afinar la puntería de la memoria, de la pedagogía de la historia para entender ese momento como el capítulo de una película que se sigue proyectando.
No es la foto velada de un tiempo que no vuelve. Es el DeLorean de “Volver al futuro” y son los dirigentes de estos tiempos haciendo o no haciendo, para que el reloj nos lleve de nuevo al pasado.
Los capítulos que siguen están con sus hojas en blanco y en todo caso el desafío es encontrar el pulso para escribirle las letras necesarias para las mayorías. Con la firma de los dirigentes o con nuevos autores de los tiempos que se vienen.
42 años después, un recuerdo para Julio Cortázar

El 12 de febrero de 1984 murió en París el gran escritor y hombre de palabra, en todos los sentidos.
La palabra de la ficción, de los cuentos y novelas. La palabra de la poesía.
Pero también la palabra del compromiso con su tiempo y las causas de los pueblos.
Cortázar tenía 69 cuando murió y algunos años antes, en 1976 había escrito estas líneas que fueron publicadas por primera vez, de manera póstuma, en el libro “Salvo el crepúsculo”, que reúne manuscritos, textos inéditos y reflexiones.
Vale la pena detenerse, a modo de homenaje en el cierre de estas líneas, en esta poesía. Un canto a la vida y a la belleza.
Algo de poesía no viene nada mal en tiempos de oscuridades.
Policronías
(Nairobi. Kenia, 1976)
Es increíble pensar que hace doce años
cumplí cincuenta, nada menos.
¿Cómo podía ser tan viejo
hace doce años?
Ya pronto serán trece desde el día
en que cumplí cincuenta.
No parece posible.
El cielo es más y más azul,
y vos más y más linda.
¿No son acaso pruebas
de que algo anda estropeado en los relojes?
El tabaco y el whisky se pasean
por mi cuarto, les gusta
estar conmigo.
Sin embargo es increíble pensar que hace doce años
cumplí dos veces veinticinco.
Cuando tu mano viaja por mi pelo
sé que busca las canas, vagamente
asombrada. Hay diez o doce,
tendrás un premio si las encontrás.
Voy a empezar a leer todos los clásicos
que me perdí de viejo. Hay que apurarse,
esto no te lo dan de arriba, falta poco
para cumplir trece años desde
que cumplí los cincuenta.
A los catorce pienso
que voy a tener miedo,
catorce es una cifra
que no me gusta nada
para decirte la verdad.

